Sección del capítulo:

8.4 A modo de conclusión.

Se podría decir que el teísmo es como la infancia de las culturas, el humanismo su adolescencia y el naturalismo su juventud.

El teísmo es la ideología de la sociedad centrada en dios y administrada por sus sacerdotes. Es la sociedad de la creencia y la ingenuidad individual. Es también la sociedad del misterio y de la ignorancia.

El humanismo es la ideología de la sociedad centrada en el hombre y administrada por sus representantes. Es la sociedad del enamoramiento del lenguaje, de la razón y de la aportación individual hasta el culto a la personalidad. Es también la sociedad del conocimiento y de la erudición.

El naturalismo es la ideología de la sociedad centrada en la naturaleza y administrada por los hombres y mujeres que han bajado del pedestal de la especie. Es la sociedad en la que sus individuos se reconocen funcionalmente naturales y solidarios con las demás especies y toda la naturaleza en general. Es, o debería ser también, la sociedad de la sabiduría.

Josep Roca i Balasch

8.3 Conciencia

El tema de la conciencia humana ha sido clave para la definición de la moral social y de la ética individual. Lo ha sido tanto para la religión como para el humanismo. Es, por otra parte, un tema psicológico y por ello interesa saber cuál es el planteamiento que esta ciencia puede ofrecer actualmente sobre él.

Hay que decir, en este sentido, que desde la misma psicología han surgido corrientes de pensamiento que han cuestionado la relevancia de este concepto y, en su lugar, han magnificado el papel del llamado inconsciente. La más relevantes de estas corrientes en la cultura occidental es el psicoanálisis, con su afirmación de la existencia del inconsciente como «entidad» o «provincia» del alma que alberga «las pasiones indómitas» (Freud, 1974; p. 3144) y la propuesta de centramiento en el análisis de esta instancia a través de la interpretación de los sueños y otros aspectos de la conducta. «Lo inconsciente —decía Freud— es lo psíquico verdaderamente real» (1972; p. 712). Con esta premisa, el enfoque psicoanalítico marco una producción intelectual que no solo dejó lo consciente como algo secundario, sino que contribuyo de manera destacada al alejamiento de la psicología de los planteamientos de la ciencia natural. Esto es así porque, en primer lugar, puso el misterio como centro de su discurso y generó creyentes y discípulos —ortodoxos y heterodoxos— al modo de religiones y sectas. En segundo lugar, conectó con la verdad artística más que con la científica, como lo demuestra la continua referencia de escritores y artistas, en general, a ese discurso y la prácticamente nula conexión con otros discursos científicos. Es evidente, en todo caso, que el psicoanálisis es una formulación teórica psicológica hecha desde una tecnología —la medicina— y tal como hemos apuntado anteriormente, una teoría funcional hecha desde un método de intervención se justifica, no tanto por su coherencia funcional e integración a un modelo funcional general de lo natural, como por su práctica terapéutica y el éxito mayor o menor que puedan conseguir sus ejecutores y la literatura que generen.

Volviendo al tema central de la conciencia, hay que decir que este concepto tiene dos significados básicos: uno cognitivo y otro moral o ético. Estos dos significados están claros y bien definidos, hasta el punto que en algunos idiomas comportan el uso de palabras diferentes. De esta manera, en inglés, se habla de «consciousness» para la conciencia cognitiva y de «conscience» para la conciencia moral. En ambos casos, sin embargo, se trata de conceptos que remiten a fenómenos psicológicos y es desde esta perspectiva psicológica que se deben tratar.

Existen, también, otros significados del concepto de conciencia. Hay que hacer referencia, en concreto, a los de tipo descriptivo y psicopatológico. En el ámbito de la medicina la conciencia hace referencia al estado de un individuo en la medida que se encuentra en condiciones de darse cuenta de las cosas y de los diferentes grados de este estado que se pueden dar como resultado de trastornos orgánicos. Este significado de conciencia remite a los fenómenos fisiológicos que son condición material para la existencia del funcionalismo psíquico y esto no se trata aquí. Tampoco desarrollamos el significado del concepto de «conciencia social» cuando hace referencia al estado de opinión o a las actitudes colectivas con respecto a determinados temas, en un uso metafórico del concepto de conciencia psíquica.

Una primera acepción del concepto de conciencia cognoscitiva nos la da el diccionario:

«La conciencia es el conocimiento inmediato y directo que tiene el alma de su propia existencia, condición, sensaciones, operaciones mentales, etc.»


De acuerdo con lo dicho ya en este seminario, el Entendimiento expresa el ajuste social que los organismos realizan. La sociedad es el conjunto de convenciones existentes en un grupo de individuos que tienen funcionalidad asociativa. El hombre y la mayoría de los animales se comportan regidos por su funcionalidad asociativa pero particularmente en los individuos de la especie humana se desarrolla, de manera extraordinaria, la facultad de entendimiento que se expresa, de manera definitoria, en el cúmulo de acciones interactivas y cognoscitivas que realiza. El saber actuar que cada individuo desarrolla, las formas concretas de conducta o comportamiento en la relación con los demás, los roles y los posicionamientos que cada uno asume en un determinado contexto social, son descripciones genéricas del gran universo de entendimiento que cada organismo humano desarrolla. Paralelamente, sin embargo, el Entendimiento también es el habla individual, el cual se da en el contexto funcional del lenguaje de los grupos y de la cultura en la que cada organismo se encuentra. El lenguaje como sistema convencional para referir y sustituir las cosas y los acontecimientos, permite una orientación diferenciada de los individuos respecto de su entorno. De esta manera, el habla individual, con un criterio más concreto o más abstracto, permite la referenciación de todas las cosas y acontecimientos y también la autoreferenciación de acuerdo con las dicciones disponibles en cada cultura. Es en esta dimensión psicológica del Entendimiento Cognoscitivo que podemos hablar de conciencia.

En este contexto, en primer lugar, es necesario decir que cuando un individuo afirma tener alma, o conciencia, o que está formado por mente y cuerpo, utiliza convenciones lingüísticas sin necesidad alguna de postular una revisión sobre la verdad de estas afirmaciones, cosa que si puede hacer la ciencia. Es por ello que afirmamos que existe una convención religiosa y filosófica según la cual el alma, la mente, o la psique individual, es una entidad que utiliza el lenguaje para manifestar su ser y para conocer. Más aún, algunas tendencias psicológicas tradicionales, y otras pertenecientes a ciencias que tratan del hombre, asumen como inamovible este supuesto. De acuerdo, sin embargo, con lo que se ha dicho anteriormente, aquella entidad mental no es algo un agente ignoto —un hombrecito o un "homúnculo" que los seres humanos tenemos dentro de la cabeza— sino que es la funcionalidad asociativa en el acto de adaptación a las convenciones lingüísticas sociales. Es decir, es el habla. De acuerdo con esta concepción de la cognición y atendiendo a la definición citada anteriormente, podemos decir que el concepto de conciencia se refiere, fundamentalmente, al habla que se reconoce. Por ello decimos que la conciencia es decirse; es el habla reflexiva que permite auto identificarse.

El concepto de conciencia en el sentido cognoscitivo tiene otra acepción que se recoge en los diccionarios. En efecto, podemos encontrar también la definición de conciencia como

«Facultad y acto específicos de la vida psíquica caracterizados como el hecho de darse cuenta de alguna cosa».


El concepto de «facultad» es un concepto disposicional; es decir: refiere el hecho de que un individuo puede hacer una cosa; en ningún caso debe interpretarse como algo que se encuentra en un lugar, de acuerdo con lo que decíamos anteriormente. «Darse cuenta» es una expresión que puede referir un mero reflejo de orientación, también un darse cuenta meramente emocional, como cuando uno es consciente de un peligro, en el sentido de estar alterado y tener ansiedad. Pero, en el contexto de la definición de conciencia «darse cuenta» significa conocer o entender y, en este sentido, hace explícito el resultado del habla como funcionalidad psíquica. Los diccionarios ingleses admiten explícitamente como sinónimo de «consciente de» (conscious of) las palabras: conociendo (knowing), entendiendo (understanding) y reconociendo (recognizing).

El concepto de conciencia tiene, como se ha dicho, otro significado: el de conciencia moral. Así se dice que la conciencia es:

«el conocimiento interno que cada uno tiene de la bondad o la maldad de su conducta, intenciones, carácter, al mismo tiempo con la obligación de hacer aquello que es bueno».


Con respecto a esta definición, lo primero que hay que decir es que la conciencia moral o ética es también conocimiento. Por esta razón, todo lo que se ha dicho en el apartado anterior es necesario trasladarlo y tenerlo en cuenta aquí. Sin embargo, lo que sucede es que se trata de un conocimiento particular relativo al bien y el mal, y al discernimiento sobre las cosas que se mueven entre estos dos polos de un discurso lingüístico. No obstante, la conciencia moral es, en primer lugar y básicamente, conocimiento; esto es: el habla referencial sobre lo que es bueno y lo que es malo. Psicológicamente hablando, el concepto de conciencia moral incluye unos aspectos que lo hacen más complejo respecto del concepto de conciencia cognoscitiva. El primero es que la conciencia moral lo es, fundamentalmente, de la propia conducta y, el segundo, es que comporta o puede comportar cambios emocionales. En cuanto a la conducta, las definiciones de conciencia son inequívocas al destacar que la conciencia moral no sólo lo es del bien y del mal en general sino, sobre todo, del bien y el mal que hay en la propia conducta. En este sentido, se destaca el papel regulador de la conciencia con respecto a la conducta de uno o, al menos, se subraya el hecho de darse cuenta de lo que uno hace o debe hacer, en cuanto al bien y al mal. En cuanto a la emoción, está claro que cuando se habla de conciencia moral se hace referencia a las alteraciones emocionales que normalmente los individuos tienen por el hecho de pensar, hablar u obrar bien o mal, de acuerdo con los criterios sociales, incluidos los religiosos. Se ha dicho, en este sentido, de que existe un «sentido interno», que es la conciencia, que avisa de la bondad o maldad e incluso algunos señalan al corazón como el lugar donde reside este sentido y otros afirman que está dentro de la cabeza. Desde una perspectiva psicológica naturalista, denominamos «sentido interno» a la forma de hablar ocultista que expresa el hecho de que la sociedad condiciona, refuerza y castiga las conductas de los individuos, y de esta manera consigue que existan reacciones emocionales condicionadas y ligadas a todo aquello que se ha convenido como bueno o malo. Dado que la frecuencia cardiaca es una de las respuestas que se condiciona emocionalmente se ha deducido, de manera simplista, que la conciencia está en el corazón. Más ocultista, sin embargo, es decir que la conciencia está en el cerebro, suponiendo que es una entidad que valora y toma decisiones.

La conciencia moral es, en resumen, la integración funcional de Cognición y Condicionamiento emocional. Esto explica, en general, que haya cambios fisiológicos consecutivos al hacer el bien o el mal; por ejemplo, que aumente la frecuencia cardiaca, o el sudor y otros cambios fisiológicos. También explica —por falta del condicionamiento apropiado— que hayan individuos sin «sentido interno», considerados antisociales o psicópatas, ya que no se alteran al mentir, o no tienen sentimiento de culpa por haber hecho una fechoría o haber cometido un crimen. De hecho, el denominado detector de mentiras, o psicogalvanómetro, es un aparato que registra los cambios en la conducción eléctrica de la piel a estímulos condicionados —que son el decir mentidas—, las cuales han sido condicionadas aversivamente, pero que pueden ser neutras para determinados individuos —por el hecho de que no han sido condicionadas o porque han sido condicionadas de maneras no deseadas socialmente.

Las tres dimensiones de la conciencia moral, que son la cognición, la conducta y la emoción, constituyen los aspectos psíquicos a tener en cuenta a la hora de entender y comprender la actuación individual general, teniendo en cuenta la definición del diccionario. Hay que decir, sin embargo, que el concepto de conducta es morfológico y que, aunque todo el discurso ético está construido sobre este concepto, lo fundamental a efectos de la definición funcional de la conciencia moral es que exista Cognición y Condicionamiento Emocional. La cognición provee del aspecto definitorio de la bondad y la maldad en los humanos y es que la puede prever o anticipar y, con ello, asumen una responsabilidad definitiva respecto de otros individuos. Los animales, en este sentido, no tienen desarrollada la dimensión cognitiva de su entendimiento pero sí se les puede condicionar apetitiva o aversivamente, de tal forma que se sientan satisfechos o culpables de lo que hacen.

El naturalismo moral y ético se propone, en general, explicar el porqué de la conducta grupal e individual a partir de la especial constelación de valores existentes en un grupo o sociedad y a partir de la configuración cognitiva y emocional que cada individuo construye en el interior de aquella constelación de valores. La conciencia moral es conocer y discernir el bien del mal, pero el conocimiento no es un compromiso de conducta ni, como decíamos, comporta una alteración emocional preestablecida en un sentido positivo o aversivo. Y aún más: la conciencia de un individuo puede construirse de manera que contradiga la conciencia moral tradicional o actual de un grupo. Son destacables, en este sentido, la presencia de conflictos de tendencias emocionales y su eventual inconsciencia en un sujeto concreto. Las reacciones emocionales inconscientes son bien naturales y existen experimentos que las demuestran y las explican.

Todo ello, sin embargo, debe contextuarse con la idea por la cual se reconoce que las dinámicas sociológicas y psicológicas, que puede explicar la formación de las conciencias individuales humanas, son sólo unas dinámicas en las que el bien y el mal se desarrollan. Pero que la atención a la estabilidad del universo o a los grandes desastres naturales —a un nivel material— y la atención a la salud y la enfermedad —hasta los absolutos de vida y muerte, a un nivel vital— deben complementar la concepción naturalista de ética —como consideración general del bien y el mal en la naturaleza.

Josep Roca i Balasch

Bibliografía

+ Freud, S. (1974)
Nuevas lecciones introductorias al psicoanálisis. Madrid: Biblioteca Nueva.
— (1972) La interpretación de los sueños. Madrid: Biblioteca Nueva.

8.2 Moral y ética naturalistas

Si la religión pone a dios como el centro ideológico y el humanismo al hombre, el naturalismo pone a la naturaleza como centro de su discurso. Evidentemente, esto es especialmente relevante de cara a la formulación de valores y de virtudes.

El naturalismo propone que la naturaleza es el centro de su discurso moral y, basándose en los criterios funcionales de la ciencia, afirma que los valores fundamentales son: El Equilibrio físico-químico del universo, el Mantenimiento de la vida, el Desarrollo de las psiques individuales y el Progreso de las sociedades. Estos valores superan y dan un nuevo sentido a valores propuestos desde la religión y el humanismo. De hecho, estos valores ya están en nuestra sociedad cuando se habla de Sostenibilidad del planeta o se habla de valores ecológicos que afirman la interdependencia de la funcionalidad vital que engloba a todas las especies en aquel planeta. El hombre, hoy en día, ya no es el centro de la creación ni lo más sagrado que existe. El hombre es una especie con un desarrollo singular que le proporciona el lenguaje y el habla, pero que está plenamente integrado en la naturaleza.

Por otra parte, al formularse los valores en base a las dinámicas o funcionalidades que animan esa naturaleza y al mismo hombre, estos se pueden detallar al atender a la especie humana en particular. Estos valores serian: la integridad de los cuerpos, la salud de los organismos, la autonomía de las personas y la participación ciudadana de los individuos. De hecho, estos cuatro valores deberían servir para todos los seres naturales pero es evidente que las culturas humanas han tendido a tenerlos como valores para sus individuos y no para los otros individuos animales. Se podrá argumentar que, a su manera, las otras especies también hieren y matan y, además, viven en un estado permanente de vigilancia e inseguridad. Pero quizás la idea naturalista a promocionar es la de pensar en una cultura humana que sea superior precisamente por dejar de hacer lo que hacen las especies que consideramos inferiores.

En cuanto a la ética individual son plenamente asumibles las virtudes humanistas por cuanto constituyen propuestas de conducta encaminadas al bienestar individual y colectivo de la especie. A ellas se deberían añadir las virtudes relacionadas con la conservación del medio ambiente y los planteamientos ecológicos. En este sentido, la ética individual actualmente debería contemplar prácticas concretas de consumo responsable, tolerancia y convivencia con las otras especies animales y, en general, todas las actuaciones que signifiquen que el hombre como especie forma parte de una única realidad natural.

Quizás, donde sería más relevante incidir seria en el tema de las virtudes intelectuales, dado que estas virtudes son las más relevantes y definitorias del ser humano. En este sentido y dado el gran desarrollo de las culturas humanas nos atrevemos a proponer tres pares de virtudes y defectos intelectuales:

Erudición-Incultura
Discernimiento-Confusión
Sabiduría-Ignorancia

Respecto de la Erudición, decir que es una forma de inteligencia que consiste en acumular y saber referir todo lo que se ha dicho y se dice de la realidad. Seria el saber enciclopédico que se recrea en notar la enorme complejidad de las cosas humanas y no humanas. Estar abierto al saber y aprender a memorizar datos, relaciones, detalles y aspectos varios del mundo en el que uno nace, es sin duda una dimensión del intelecto humana apreciable como virtud. En el lado opuesto está la incultura, que significar no enterarse y existir por debajo de, o en estados liminales, del saber.

Respecto de la virtud de Discernimiento, decir que es la virtud clave ya en Aristóteles pero lo es también en todo el discurso científico actual. En este seminario hemos querido, precisamente, presentar criterios de distinción entre tipos de ciencias, entre niveles funcionales, entre movimientos y causas, entre discursos y palabras, en general, que significan intelección de la realidad. Educar a los individuos en criterios, categorías y conceptos para discriminar todo lo que existe y ocurre en la naturaleza, es un objetivo fundamental de las culturas humanas. En el lado opuesto está la confusión.

La integración de la erudición con el discernimiento es la Sabiduría. Ésta es la virtud intelectual superior del entendimiento humano y la que permite ser justo. En el lado opuesto está la ignorancia.

El naturalismo, moral y éticamente, se definiría por proponer la sabiduría como virtud superior para todos los ciudadanos.

Josep Roca i Balasch

8.1 Moral y ética tradicionales.

La moral y la ética tienen en común que definen lo que se considera bueno o malo dentro de una determinada ideología, pero cada una constituye un tratamiento diferencial de este eje fundamental de las culturas humanas. La moral se centra en la convención o el acuerdo social sobre lo que es el bien y el mal. La ética, en cambio, se centra en la conducta individual, ligada a los procesos asociativos, y en su ajuste o no a lo socialmente convenido. Está claro que, para esta distinción, adoptamos el criterio de diferenciación científica funcional entre fenómenos sociales y fenómenos psíquicos. En el mismo sentido afirmamos que la perspectiva naturalista para la definición del bien y el mal ha de basarse en lo que nos puedan aportar las dos ciencias básicas de lo humano relacionadas con la definición este eje ideológico.

La moral se concreta en la definición de los valores y sus contrarios. La ética en cambio, en la definición de las virtudes y sus contrarios, que son los defectos.

La moral tradicional, todavía predominante en nuestra cultura occidental, es la moral que proviene de la creencia en dios y de la religión. Los valores fundamentales de la religión cristiana son la adoración de dios, la contemplación de su obra y la salvación de los creyentes. A título individual estos valores se traducen en la previsión de salvación e incorporación al cielo, que es el lugar divino. Para conseguir la plenitud en la contemplación de dios y la salvación hay que realizar el bien y evitar el mal. A partir de esta dualidad —que puede formularse en términos espaciales cuando se dice que hay el cielo como lugar de felicidad infinita y el infierno como lugar de dolor infinito— se formulan principios y mandamientos para conseguir el bien y apartarse del mal. En la religión cristiana que vamos a tomar como ideología de referencia, el bien y el mal están personalizados: dios es el bien y el demonio el mal. Luego hay santos y pecadores. Definidos como acción, está el hacer el bien y hacer el mal, por ejemplo, cumplir los mandamientos o caer en el pecado. También la actuación contemplativa o mística es hacer el bien, de forma excelente. También se puede hablar en términos de disposición: ser un escogido, tener una gracia o ser santo. También tener el demonio o estar poseído o ser pecador como condición humana universal. Se puede hablar, además, del estado de santidad o de perder el estado de gracia. Sea como sea, el centro de la moral religiosa es la afirmación de la existencia de dios y la consiguiente formulación de valores en distintas categorías.

La ética cristiana es, por su parte, un buen ejemplo de formulación de virtudes y defectos que, en este caso, se definen como pecados. Dado que la ética cristiana lo que hizo fue tomar criterios asumidos por culturas como la judía o la griega, coincide con ellas en algunas formulaciones como las que se platean como virtudes cardinales y que son: Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza. Cuando estas virtudes son evaluadas por su ajuste a la aceptación de la existencia de un dios y a la de su contrario, se plantean las siguientes virtudes y pecados capitales:

Humildad-Supervía
Generosidad-Avaricia
Castidad-Lujuria
Paciencia-Ira
Templanza-Gula
Caridad-Envidia
Diligencia-Pereza.

A diferencia de la moral cristiana, la moral humanista se ha caracterizado por presentar valores de afirmación de la realidad humana y de la necesidad de convivencia, más allá del temor divino y de las supuestas contingencias en el «más allá», administradas por las estructuras religiosas. Ello hace que, en lugar de exigir hacer el bien y evitar el mal por sus consecuencias en el supuesto mundo del más allá, lo hace claramente porque significan un bien para uno mismo y para la comunidad humana. La justicia, la democracia, la convivencia, la creatividad, la igualdad, la libertad, el bienestar y el goce, y muchos otros valores se plantean como necesarios al acuerdo social, teniendo en cuenta y, a veces, entrando en conflicto con los valores religiosos.

Históricamente, la sociedad helénica ha representado la existencia de una moral centrada en el hombre y con los valores citados, a diferencia de la sociedad egipcia centrada en dios y de culto al faraón deificado. Posteriormente y como hemos apuntado, el cristianismo en occidente ha significado la integración de una moral teística y humanista. Esta integración es lo que denominamos la moral tradicional.

A nivel ético, la formulación de honor la encontramos en Aristóteles, en su obra de referencia en estos temas: Ètica Nicomaquea. Esta obra que se produce en el contexto extraordinario de la edad de oro helénica, es la formulación de cómo debe ser una conducta individual apropiada en una sociedad que pone al individuo humano como valor fundamental. La moral humanista se traduce en un sistema político que confía en la aportación de los individuos al grupo, que promueve el diálogo y que, para resumirlo de alguna manera, construye foros y no templos.

Dice Aristóteles que la virtud es la inclinación a hacer lo mejor y el vicio la inclinación contraria, y ello en tres dimensiones con los opuestos noble-ignominioso, conveniente-perjudicial y placentero-doloroso.

Las virtudes, en este contexto de valores, se definen en el término justo de la acción que se espera en la relación con los otros y el control de uno mismo en situaciones de potencial desequilibrio. Por ello, las virtudes se definen por el término medio entre dos vicios que lo pueden ser por exceso o por manca o falta de ella. Ésta es su tabla que cubre distintas áreas del comportamiento cotidiano de los individuos:

Vicio por manca

Virtud o término medio

Vicio por exceso

Cobardía

Coraje

Temeridad

Insensibilidad

Templanza

Desenfreno

Avaricia

Liberalidad

Prodigalidad

Mezquineza

Magnificencia

Vulgaridad

Pusilaminidad

Magnanimidad

Vanidad

Indiferencia

Mansuetud

Ambición

Indolencia

Amabilidad

Iracundia

Desagradosidad

Veracidad

Halago

Socarronería

Jovialidad

Fachenderia

Esquivez

Pundonor

Burla

Timidez

Indignación

Desvergüenza

Malevolencia

Justicia

Envidia


El humanismo, al poner al hombre como centro de sus valores y virtudes, lo hace particularmente en una dimensión que la religión no contempla y que es su capacidad racional, o del habla, y su poder de intelección del funcionamiento de la naturaleza y de sí mismo. La afirmación de la existencia del alma o la cosa pensante o racional, como contenido ideológico fundamental, es clave. Por ello, ya en Grecia se hablaba de virtudes intelectuales al lado de las conductuales o de comportamiento. Piénsese que las religiones, en general, ponen en manos de unos pocos —la jerarquía— el manejo del saber —el conocimiento de las escrituras o las liturgias— y afirman, como ha hecho el cristianismo, que el reino de dios es de los pobres de espíritu. Es decir, la negación del acceso al conocimiento a partir del discurso individual es la gran diferencia entre las ideologías teístas y las humanistas. Además, las religiones se construyen y administran el misterio de tal manera que, necesariamente, todos los individuos humanos —excepto los administradores de la creencia— han de ser pobres de espíritu. Es por ello que el humanismo, más allá del centramiento en el hombre, constituye una afirmación del poder del entendimiento humano para definir la moral y la ética. El naturalismo, en este sentido, es una continuidad del humanismo y acentúa la idea de que el criterio moral y ético debe basarse en el entendimiento cognoscitivo que nos aporta la ciencia como sistema de conocimiento más fiable. Es interesante notar, para justificar esta propuesta, que Aristóteles afirma que la virtudes éticas que hemos referido más arriba se adquieren por costumbre pero que en el caso de la justicia, que es la virtud que las engloba todas, uno debe regirse por la «norma recta» y esta norma recta la rige el intelecto (p.63).

Pues bien: el naturalismo entiende que la norma recta, para las formulaciones y actuaciones justas, debe provenir de la ciencia como intelección más ajustada a la realidad de las cosas.

Josep Roca i Balasch

Bibliografía

+ Aristóteles (1995)
Ètica Nicomaquea Barcelona: Fundació Bernat Metge.

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7.3 Ciencia y arte, dos tipos de verdad.

En el Guión de un informe psicológico para la educación apuntamos algunas ideas básicas respecto de cómo concebimos el arte desde una perspectiva psicológica naturalista. Mantenemos todo lo dicho allí, en el sentido de afirmar que el arte es la expresión de la individualidad psíquica y que un sistema educativo desarrollado debe contemplar la educación artística para todos los individuos. Otra cosa es que algunos individuos acaben destacando más que otros. Y otra cosa es que una tendencia cultural tan clara y actual, como es el culto a la personalidad, acabe divulgando la idea de que existen genios y que la genialidad es un misterio. Cosa de la que no vale ya la pena volver a hablar.

El conocimiento científico descriptivo y funcional tienen algo que les caracteriza, y es que se pretende que sea un conocimiento que se imponga a todos dado que, como ya hemos señalado, se construye en ambos casos con la formulación de evidencias en base a la contrastación. Dicho en otras palabras, en el conocimiento científico descriptivo y explicativo no cabe la perspectiva individual y subjetiva en la formulación del discurso y por ello se dice que se pretende un conocimiento objetivo compartido. Es la gran ventaja de aquellas ciencias: son formulaciones que se imponen a todos y por ello establecen una idea de verdad que le es propia y que ningún otro tipo de conocimiento contempla. El arte, en cambio, se basa en la perspectiva individual de cómo es observado o interpretado algo, y para su formulación no cuenta con el concurso de los otros artistas para considerarse válido. Es la perspectiva singular y subjetiva lo que cuenta y esto es así incluso cuando el arte se dice que es realista. Es por ello que la ciencia promociona una idea de verdad objetiva e independiente de los individuos que la formulan, mientras que el arte promociona una idea de verdad ligada a su promotor individual. La verdad de la ciencia, por decirlo así, es la que te lleva a la universidad en cambio la del arte es la que te lleva a la diversidad.

Esta distinción tiene una enorme importancia de cara definir una cultura, ya que da cuenta de dos puntales del conocimiento sin los cuales no hay equilibrio. A un nivel más concreto también tiene importancia de cara a distinguir entre el discurso científico y el discurso literario, especialmente en lo referente a los temas humanos. Actualmente, y en mis latitudes, está de moda la llamada “Narrativa” que de acuerdo con el diccionario, es una rama de la literatura en la que el autor pretende presentar ordenadamente una serie de hechos, reales o imaginarios, a partir de su perspectiva personal. Este tipo de producción intelectual es claramente una producción artística y no cumple con los criterios de objetividad que requiere la ciencia. Tengo sobre la mesa un libro de este tipo, de un teórico de la educación, en el cual se afirma con claridad que la ciencia, dada su metodología, no puede llegar a abordar los fenómenos humanos:

Las leyes naturales de la conducta, de existir, se pierden y extravían en la vida humana. No hay formas de alcanzarlas con el conocimiento. Ni una sola norma de comportamiento queda aceptada universalmente. (Fullat, O. Valores y Narrativa. Auxología educativa de Occidente. Barcelona: Universitat de Barcelona. p. 341)


Este mismo autor, corroborando lo dicho, acaba de publicar un libro que titula, sin tapujos, Mi verdad, del cual no tengo la referencia concreta de edición. Creo que es interesante notar la existencia de este discurso en el ámbito concreto de la educación ya que, en contra de lo que defendemos aquí, la educación no se inspira en la psicología como ciencia natural sino en un tipo determinado de literatura. Literatura que ese autor justifica como el único conocimiento posible sobre los temas humanos, ignorando la existencia los principios descriptivos y funcionales objetivos de la psicología.

La ciencia es producción de conocimiento nuevo respecto del que se tenía previamente. Puede que haya falsos avances, pero los avances en la verdad en el conocimiento es su razón de ser y se dialoga y se debate para formular principios mejores en la comprensión de lo natural. Un avance necesario de la ciencia, actualmente, ha de desarrollarse en la psicología y en eso estamos.

El arte, en cambio, es producción de conocimiento pero no comporta avance en el mismo sentido. En el arte, avanzar es encontrar una nueva manera de expresar pero, por nuevo que sea el avance, no significa superar en verdad lo que ha habido anteriormente. Una escultura moderna no supera en verdad a una clásica. Ni una literatura contemporánea supera en verdad a una clásica tampoco. Pero las teorías de la física superaron las de las creencias previas, una teoría fisiológica actual sí supera en verdad a la teoría sobre el funcionamiento del organismo de la época griega o latina y una concepción funcional actual de la mente también supera en verdad a una fantasmagórica de la época moderna. En este sentido, la idea de progreso en el conocimiento, que da la ciencia, no se da en el arte. La verdad de la narrativa, o de un ensayo en general, puede estar en proponer una nueva formulación teórica o un cambio en el conocimiento, pero la formulación científica va más allá y se construye con criterios, categorías y conceptos que guardan correspondencia con fenómenos y datos contrastados objetiva y colectivamente. Esto no lo hace ninguna modalidad literaria ni artística. Ante la pregunta de si la literatura es conocimiento, está claro que la respuesta ha de ser que sí. Pero, simultáneamente, se ha de afirmar que es un conocimiento distinto al que se pretende desde la ciencia y de un conocimiento distinto al que quiere recurrir prioritariamente la ideología naturalista para organizarse.

De hecho, este tema de si el arte es conocimiento se plantea principalmente en aquel arte que se expresa mediante la palabra —y el lenguaje en general— y trata de los fenómenos humanos. Novela, poesía, teatro, cine, por ejemplo. No se plantea tanto en otras artes, como pueden ser la escultura, la pintura o la música. Esto interesa notarlo por el hecho de que la ciencia y el arte literario comparten parámetro psíquico: el entendimiento cognoscitivo e interpretativo.

Sea como sea, si se habla de conocimiento en el arte, se está hablando de aquel conocer ligado a la perspectiva individual que no exige contrastación con los hechos ni con otros discursos para ser validado. En cambio, si se habla de conocimiento en ciencia se habla de un conocimiento compartido que exige contrastación con hechos y con otros discursos para ser validado.

No hay duda, en todo caso, que el naturalismo como ideario reconoce el arte como un producto humano connatural a su psiquismo, pero se alinea con la ciencia para formular unos principios que sean más verdaderos que los que han surgido de las ideologías religiosas y humanistas, y respecto de los cuales el arte no tiene criterio para confrontarlos.

Josep Roca i Balasch

7.2 La aportación de la psicologia funcional a la distinción entre ciencia y arte.

Aplicando el modelo funcional y paramétrico de la psique humana que hemos resumido en capítulos anteriores, entiendo que cuando hablamos de individuo, en particular, para definir la producción artística, estamos diciendo que cualquier obra de arte es el producto de todo el psiquismo humano. La idea del «todo» se desarrolla de acuerdo con la Tabla comportamental, reproducida anteriormente, e incluye dimensionamiento por finalidad ajustativa y por los parámetros temporal y modal. Por eso, afirmamos que una obra de arte es el producto de Condicionamientos, Percepciones y Entendimientos que de manera integrada definen a un individuo humano. Además, afirmamos que puede expresarse en un parámetro temporal —pura ejecución rítmica, por ejemplo— en uno modal —la pintura o la escultura— o en uno témporo-modal —las artes musicales y la poesía—. Con esta idea paramétrica de ejecución artística se podrían reclasificar las artes. Pero, en todo caso, hay que decir que lo que se denomina arte efímero, el arte culinario o las llamadas performances artísticas o las exhibiciones deportivas, entre otras, entrarían justificadamente en ella.

Lo fundamental, en todo caso, es decir que la obra artística es el producto del psiquismo global, de la individualidad, en todas sus dimensiones. En cambio, la ciencia es una obra que se debe solamente al parámetro de entendimiento modal, sea este meramente cognoscitivo o interpretativo. En efecto, el individuo que hace ciencia es un individuo que desarrolla el entendimiento, con determinados criterios, ya referidos, y deja como algo secundario sus universos de hábitos y emociones o habilidades, a efectos de producir aquel tipo de conocimiento. Conocimiento que, además, se tiene como algo compartido y formulado con la máxima objetividad. Ni tan sólo el discurso o la relación interactiva que cubre el parámetro témporo-modal interesa a la ciencia. Es el entendimiento modal sólo el que sustenta el discurso científico, y quizás por esto se hablaría de conocimiento puro. En cambio, insisto, el arte se sustenta en todas las dimensiones y parámetros el psiquismo humano.

Una expresión más concreta de la diferencia entre ciencia y arte se observa con el tratamiento del misterio. Leí que el cineasta Buñuel decía que el misterio es esencial a cualquier obra de arte. Pensé en tantas obras de arte en las que lo que más atrae al observador es la sorpresa, lo chocante, lo provocativo, lo sugerido, lo indecible, lo ambiguo o lo imposible. Pensé, en cambio, en el trabajo persistente de la ciencia por desvelar el misterio como razón de ser. Llegados a este punto, creo que se puede afirmar que el conocimiento artístico es un conocimiento vivencial, o existencial, de las cosas y de lo que ocurre en general y de lo que le ocurre a uno mismo. En cambio el conocimiento científico pretender decir, en términos universales, por qué se tienen esas vivencias. Decía Albert Camus, «¿que me importa que me digan que mi amigo ha muerto de cáncer, si lo importante es que se ha muerto?». Está claro que aquel que, de una determinada manera, nos das a conocer y nos hace sentir «profundamente» una muerte, me está proporcionando un conocimiento y está claro también que no me está diciendo nada sobre qué muerte objetiva está ocurriendo ni porque.

Los dos conocimientos, sin embargo, son cultura. Y el problema puede ser, como diría el mismo Turró, que en una cultura determinada predomine más un conocimiento que otro.

Ni que decir tiene que el naturalismo es una ideología que quiere promocionar el equilibrio entre arte y ciencia dentro de la cultura y por lo que hace referencia, especialmente, a los temas humanos.

Josep Roca i Balasch

7.1 Ciencia y Arte: conocimiento general y conocimiento particular.

He de reconocer que este tema de la relación entre arte y ciencia me ha venido ocupando desde mis inicios como profesor de psicología. En mi postgrado en Psicología Clínica en el Hospital Clínico de Barcelona, más de una vez oí decir que la medicina era un arte. También en el ámbito de la Educación Física y el Deporte he oído que educar o entrenar es un arte. Fue a partir de la lectura de Ramón Turró que la relación entre ciencia y arte mereció mi atención decidida. En efecto, el último trabajo de este autor positivista, a quien he citado anteriormente, se denominó «Diàlegs sobre coses d’art i de ciencia» que se publicó en la Revista de Catalunya (Barcelona, 1925) y posteriormente publicada en español con el título «Tres diálogos sobre la filosofía de la estética y la ciencia» (Buenos Aires: Periplo, 1951). El hecho de que fuera un escrito final y explícitamente filosófico, me decidió también a ensayar la reflexión general que guía este seminario.

Un texto representativo del discurso de Turró sobre ciencia y arte es este:

Si el hombre de ciencia necesita simplificar el conocimiento de las cosas múltiples en estas grandes unidades donde lo común es comprendido, el hombre de arte la rehúye, esta simplificación, para complacerse en el conocimiento de los particulares (1925, p. 6).


Por lo que hemos visto, al hablar de la ciencia, está claro que todas las ciencias construyen y operan con grandes unidades conceptuales, es decir, con conceptos abstractos o generales que pretenden cubrir fenómenos particulares. Así, las ciencias morfológicas acuñan conceptos que permiten clasificar y ordenar sus universos de estudio. La distribución de los materiales y las plantas en el territorio, la clasificación de las plantas y los animales; la composición del esqueleto, los músculos y los órganos y el listado de enfermedades y sus tipos; el uso de conceptos como inteligencia, personalidad o trastornos psicopatológicos, para agrupar formas de comportarse los individuos o, todavía, estructuras grupales y sociales, sistemas económicos, tendencias de mercado o artísticas para observar los grupos. Todos ellos son ejemplos de esos conceptos que usa la ciencia morfológica. La ciencia funcional, como hemos visto, usa conceptos como ‘movimiento’ y ‘causa’ y habla de reacción, conmutación, asociación y convención social. También habla de factores de campo y de determinantes a cada nivel, y habla, es evidente, de modelos teóricos como discursos que pretenden representar ampliamente y comprensivamente series o clases de fenómenos particulares. La ciencia tecnológica, aunque trata fenómenos, organismos, individuos o grupos concretos, dispone también de unidades conceptuales amplias para ejercer su actividad. Debe, en este sentido, usar los conceptos clasificatorios que le proporciona la ciencia descriptiva y debe, también, entender de dinámicas y causas planteadas en términos generales, para poder construir métodos de intervención adecuados. De la misma manera dispone de procedimientos de actuación estandarizados para las distintas realidades en las que quiere intervenir.

El arte no se construye con esta dimensión generalista de la ciencia. Lo vemos teniendo en cuenta los tres tipos de conocimiento citados.

A nivel descriptivo, es evidente que el arte se centra en reflejar lo particular, lo concreto, y aunque el conocimiento de eso concreto pueda expandirse por generalización a muchas otras situaciones —y por tanto transmitir algo general o universal en los que acceden a él— no por ello la obra artista tiene el carácter descriptor generalista de la ciencia morfológica. La pintura o la descripción musical de un paisaje, una estatua que refleja una representación concreta de la virtud de la modestia, la vida de un jugador compulsivo, un ambiente familiar o de trabajo, una escena o una historia de amor dentro del contexto de una revolución, son ejemplos de obras artísticas que se aferran a lo concreto e ilustran la idea de Turró de que el arte se complace en lo particular aunque ello pueda representar una expresión universal de sentimientos, percepciones e intelecciones integradas.

Hay una ilustración, de base psicológica, que creo que puede incidir en esa diferencia entre ciencia y arte a nivel descriptivo. Los psicólogos diferenciales, cuando hablan de inteligencia o personalidad, disponen de un sistema de observación y de clasificación de esos dos aspectos de la conducta humana que les permite centrar su estudio y comparar los individuos. Al hacerlo escogen unos criterios de observación y no otros en base a razones de diversa índole. Por ejemplo, los tests de inteligencia de Binet, Terman o Wechsler, tienen criterios de rendimiento escolar para definición de la inteligencia. Al hacerlo, cualquier otra dimensión de inteligencia queda fuera de sus medidas y por tanto no se puede llegar a formas de inteligencia que tienen los individuos pero que el test no mide. Además, dado que se debe medir a partir de un patrón de observación estandarizado, todo lo que no está en la estandarización de la observación también se pierde. Así, se puede clasificar a un individuo como paranoico y obtener, ese individuo, la misma puntuación que otro y, en cambio, esos individuos pueden ser muy distintos, no sólo en sus formas de comportarse en general sino en las formas de comportarse paranoicamente. La psicopatología no recoge ese ser paranoico particular. Ese ser paranoico particular es conocimiento ordinario de los que tratan a ese sujeto y, eventualmente, del artista que lo plasma, a su manera, en una novela, una obra de teatro o una película.

A nivel funcional y tal como hemos visto, la ciencia desarrolla conceptos de movimiento y de relación que, por su misma naturaleza, son difíciles de traducir a un lenguaje morfológico como es esencialmente el del arte. La ciencia funcional, por decirlo así, acentúa la diferencia entre ambas formas de conocimiento porque, como hemos dicho, la ciencia funcional se construye con un lenguaje relacional que no se puede entender desde el lenguaje descriptivo o ordinario que se basan en el criterio de extensión; es decir, que se basa en criterios corpóreos, de sujetos que ejecutan acciones, varían en la fuerza de esas acciones, tienen disposiciones, se hallan en determinados estados, etc. El arte, es un conocimiento ligado a ese criterio y eso es lo que le hace distinto a la ciencia básica o funcional. Ampliaré esto más adelante.

A nivel tecnológico, hay que decir que el arte no se plantea como un sistema de intervención como lo hace la ciencia tecnológica. El arte puede actuar como denuncia social o incluso como terapia para quien lo produce o lo siente, percibe o conoce. Pero el arte no tiene, normalmente, una finalidad tecnológica como la tiene la ciencia.

Hay, en todo caso, dos aspectos a destacar en la comparación entre arte y tecnología. La primera es que la producción artística requiere normalmente una técnica de ejecución, pero ello no es lo mismo que decir que el arte es una tecnología. La segunda es que, a pesar del desarrollo tecnológico, siempre se hace necesario un componente de conocimiento ordinario y concreto de lo particular, para ser un buen técnico. Esto se hace evidente en tecnologías como la medicina, la educación y la política. Es por ello que a veces se dice que para ser médico o educador hay que ser artista. Y es que un médico o un educador pueden tener una buena formación tecnocientífica, pero en su formación no consta el conocimiento del particular. Ese particular es la manera de ser concreta de un alumno o la idiosincrasia de un paciente, y a esa singularidad se llega por ese conocimiento que surge de la experiencia y de la vivencia de lo particular que denominamos conocimiento ordinario y que, a mi modo de ver, es la base del conocimiento artístico.

Josep Roca i Balasch

Sección del capítulo:

6.3 Desarrollo profesional educativo.

La educación es la tecnología psicológica. Es decir, la tecnología que interviene sobre la psique. La psique es una funcionalidad individual y por ello la educación se plantea, también, como tecnología centrada en el individuo. Cuando uno plantea, por otra parte, que la educación se desarrolla en tres dimensiones —Física, Biológica y Social—, de acuerdo con las finalidades psíquicas, está diciendo dos cosas. La primera es que, efectivamente, la educación interviene sobre los fenómenos psíquicos y la segunda es que aquella ha de tener en cuenta las dinámicas física, fisiológica y social para organizar sus contenidos de intervención. De hecho, si la enseñanza de la psicología se hiciera con los planteamientos asumidos en este seminario, ya comportaría el acceso a una formación organizada con esta lógica funcional. En efecto, al Educador Físico, le interesan los principios de percepción pero, al ser la percepción adaptación físico-química, le conviene saber todo aquello relativo a este universo funcional para fundamentar su actuación educativa. Es por ello que al educador físico le interesan las cuestiones relativas a la mecánica corporal, la gravedad, el peso, el movimiento como desplazamiento de los cuerpos y demás. Al educador biológico, o para la salud, le interesa todo lo relativo a la fisiología humana. Es por ello que temas como la resistencia, el esfuerzo, el consumo de oxigeno, la alimentación, etc. son temas relevantes. Al educador social, le interesan, en cambio, los contenidos sobre el lenguaje, las creencias, las costumbres, las normas y todas las convenciones con las que se definen los grupos.

Con base en estas consideraciones, afirmamos que todos los educadores necesitan los principios psicológicos pero, a su vez, afirmamos que cada dimensión educativa requiere del dominio conceptual científico sobre aquel universo que es finalidad adaptativa para el psiquismo humano. Esto es así, además, por la necesidad de plantear la determinación eficiente de aquellos universos funcionales sobre la adaptación concreta y específica que cada individuo realiza.

Suponiendo que esto se hiciera de la manera que proponemos, surgiría otra cuestión sobre la misma actuación educativa en el ámbito escolar que es la siguiente: si la educación es intervención sobre el psiquismo individual, ¿qué hay del manejo de la dinámica grupal, en una clase por ejemplo? Desde la perspectiva que hemos desarrollado en el Guión, la psicología no capacita al educador para el manejo de la dinámica grupal. Es la sociología quien lo hace; ella informa y sirve de base a la formación del político o del directivo, en general, pero también de cualquier profesional que pretenda intervenir en las dinámicas que definen los grupos. De ello se infiere que un maestro de escuela o de instituto, por ejemplo, deberían de tener una capacitación sociológica que volviera más fundamentada y efectiva su intervención sobre el grupo y su dinámica particular. No se trata de convertir la educación en una tecnología imposible, sino de plantear, desde la perspectiva de la organización científica y de su efectividad tecnológica, una definición profesional de la educación exigente al máximo. De hecho, esta exigencia ya existe en la práctica y se buscan soluciones para responder a ella. Piénsese en la figura del Entrenador de un equipo profesional de fútbol. Es un educador para la competición deportiva y por ello enseña técnica, que es habilidad, y enseña reglamento y táctica, que es saber cognitivo e interactivo, respectivamente, por lo que ya se ha dicho. Pero un entrenador es, además, el conductor de un grupo y un comunicador social que debe tener en cuenta las dinámicas que se generan en el grupo de jugadores y la sociedad a la que pertenece ese grupo y las relaciones, por ejemplo, con la prensa.

La solución a las exigencias profesionales que se plantean a un entrenador han llevado a plantear nuevas actuaciones tecnológicas como pueden ser, a nivel más sociológico, la creación de la figura del Director Técnico Deportivo y, a nivel psicológico especializado, la figura de un Entrenador Especializado —Entrenador de porteros, por ejemplo.

El mundo del entrenamiento deportivo sirve, todavía, para ilustrar la complejidad tecnológica real a la que hay que hacer frente para conseguir una tecnología avanzada en lo humano. Es notoria, en este sentido, la presencia del llamado «Preparador o Acondicionador Físico» para intervenir en los procesos fisiológicos que comportan la mejora de lo que también se denomina «la forma física» y la presencia del médico que actúa en caso de lesión. El entrenador actual no se ocupa de estos temas, aunque es evidente que forman parte del entrenamiento y tienen que ver con el rendimiento. Siguiendo en esta línea, tampoco es extraño que en el entorno del entrenador aparezcan Ingenieros que procuran desarrollar todo tipo de material deportivo, pero también prótesis y todo tipo de mecanismos ajustados a las características funcionales físicas de los atletas; cosa evidente en los deportes paralímpicos.

Sucede, por decirlo así, que, en la práctica del deporte, la interdependencia funcional es total o puede serlo. Para ello, se requiere una definición de tecnología que, sin anular la especificidad sobre la que se actúa, asuma que el individuo humano aunque es uno, es funcionalmente múltiple [los énfasis anteriores son del editor] y la atención tecnológica también debe serlo. Es por ello que, cuando pensamos en la educación, pensamos en equipos de profesionales, todos ellos técnicos, que se reparten responsabilidades definidas en base a una teoría científica que las justifique.

Josep Roca i Balasch

6.2 Educación, Medicina y Política.

La Medicina tiene como objetivos, en palabras de Maimónides (1991), «procurar que no se pierda la salud, curar al que está enfermo y avivar al convaleciente o el viejo» (p.57). Se ha dicho que la medicina actual cumple con el curar el enfermo y avivar al convaleciente pero, en cambio, deja mucho que desear en lo que seria el procurar por el mantenimiento de la salud de los individuos que la tienen y la prevención de las enfermedades.

Esta insuficiencia de la medicina, sin embargo, no es tanto suya como del sistema tecnológico con el que pretendemos abordar la salud de las personas. En efecto, mantener la salud es un objetivo que se hace posible si las personas adquieren buenos hábitos y se evitan los malos. En este sentido, todo lo relativo al establecimiento de horarios, a la selección de los alimentos, a la práctica del ejercicio y el deporte, a la organización del descanso y el ocio, entre otros aspectos, es fundamental para el objetivo de mantener la salud de los que la tienen.

De acuerdo con lo especificado en el Guión de un informe psicológico para la educación, la formación de hábitos es un tema de Condicionamiento psicológico en el que se puede intervenir educativamente. Por tanto, aunque es un tema de salud, no es tanto un tema fisiológico como psicológico, y no es tanto un tema de medicina como de educación en hábitos saludables. La medicina, por decirlo así, precisa de la psicología y la educación para culminar su atención a la salud individual. En este sentido, es necesario admitir que la Educación biológica —o Educación para la salud— constituye una dimensión educativa fundamental. También es necesario decir que el llamado «Preparador Físico», tan relevante en el deporte, no obstante su atención a los procesos fisiológicos relacionados con el ejercicio físico, no ha de ser tanto un médico como un educador. De hecho, se puede observar que en algunos discursos aparece el nombre de Acondicionador Físico o Fisiológico, para referir esta función de procurar mantener la salud, sea o no para el rendimiento deportivo. La misma figura del Preparador Físico Personal incide en este mismo objetivo de procurar el mantenimiento de la salud. La integración tecnológica medico-educativa se hace evidente y ahí hay un proceso previsible de mejora en la organización científica.

El objetivo social y cultural de mantener la salud tiene otra vertiente, y es que la tecnología educativa precisa de la política para culminar su intervención formativa de los individuos. En efecto, en las escuelas —desde el jardín de infancia hasta la universidad— se enseñan hábitos, habilidades y saberes. Dependiendo de la edad y el nivel educativo, aquellas acciones son más básicas o más especializadas, pero está claro que se enseña a actuar de determinadas maneras; es decir, se establecen hábitos, se aprenden habilidades y se adquieren saberes sobre temas diversos. Pero, además de enseñar los profesores y aprender los alumnos, en las escuelas se instruye. Es decir se adquieren saberes de un tipo determinado que son relevantes para afrontar situaciones laborales, profesionales, familiares y sociales que no se producen en la escuela. El proceso de instrucción, está claro, es clave para preparar al individuo para su integración singular y futura a la sociedad. A partir de la enseñanza y la instrucción en la escuela pero también de la enseñanza y la instrucción que ofrecen las experiencias personales en la familia, en la práctica deportiva y en los distintos grupos de los que se pueden formar parte, surge la singularidad diferencial de cada individuo.

Pero la educación tiene otro reto, que es decidir qué se enseña y por qué, y sobre qué se instruye y por qué. Es decir, hay que acordar qué hábitos, habilidades y saberes deben formar parte de los procesos de enseñanza e instrucción. Este acuerdo aunque es fundamental para definir la educación no es un acuerdo educativo sino político y lo que debe hacer la educación, como tecnología, es implementarlo.

En efecto, la política es la tecnología de lo social y entre sus funciones está el convenir en los contenidos educativos que deben implementarse en los centros educativos y fuera de ellos. Lo social es convención y la política es decisión sobre lo que se debe o no convenir. Es evidente, en este sentido, que los programas políticos deberían manifestar qué convenciones y acuerdos sociales se proponen para la educación.

Naturalismo quiere decir, entonces, integración medico-educativa y político-educativa para la definición de los contenidos educativos, en términos de hábitos, habilidades y saberes, para que cada individuo realice su integración funcional dentro del grupo o cultura a la que pertenece.

Josep Roca i Balasch


Bibliografía

+ Maimódines (1991)
Obras Médicas. El régimen de salud. Córdoba: Ediciones El Almendro.

6.1 Guión de un informe psicológico para la educación

Hace un tiempo escribí Guión de un informe psicológico para la educación con el convencimiento de que la psicología y la educación constituyen una de las ramas fundamentales del conocimiento humano. Esto es así porque se ocupan del analisis y la intervención, respectivamente, sobre los fenómenos psíquicos. Lamentablemente, no existe un reconocimiento formal de este hecho en la organización científica europea actual. Es más, la indefinición de la psicología hace que esta ciencia —en España, al menos—, aparezca en dos ramas de conocimiento —en ciencias sociales y en ciencias de la salud— cosa que no solo da cuenta de aquella indefinición psicológica, sino también de la confusión existente en la organización del conocimiento científico universitario. Nótese, en este sentido, como se usan dos criterios clasificatorios, uno el de contenido —ciencias sociales— y otro el de aplicación —ciencias de la salud—. La cuestión es clara: ¿es que las ciencias sociales no pueden ser también de la salud? La falta de criterio clasificatorio de las ciencias es flagrante y no hace sino poner en entredicho la capacidad organizativa y de producción de conocimiento de esa universidad.

Como ya hemos apuntado repetidamente, una aportación de la filosofía naturalista ha de ser promocionar la psicología y la educación para que sean también formalmente una rama del conocimiento. Psicología y Educación son, hay que insistir en ello, una ciencia funcional y una tecnología claramente diferenciables de los otros pares de ciencias que surgen de la clasificación presentada anteriormente. A su nivel, son equivalentes a la Física y la Ingeniería, la Biología y la Medicina, y la Sociología y la Política; cosa que nos parece suficientemente justificada y clara como para criticar abiertamente la clasificación que opera en la organización de los estudios universitarios, al menos en España… no sé si en otros países esto es igual.

El naturalismo filosófico, lo que también tiene que hacer, a mi modo de ver, es procurar que la psicología funcional y la educación se pongan en contacto y se organicen, de cara a ofrecer a la sociedad actual el progreso científico y cultural en el nivel funcional de fenómenos que les atañe.

La propuesta detallada, en forma de guión, sobre esta rama del conocimiento, la encontrareis en el Liceu Piscològic: Guión de un informe psicológico para la educación

Josep Roca i Balasch

Sección del capítulo:

5.5 Sobre el entendimiento

De la tabla comportamental reproducida en el apartado anterior, destaca la concepción tridimensional de la psique según los universos adaptativos descritos. Está claro, por otra parte, que conceptos como razón o mente, en su uso tradicional, se inscriben en el ajuste psicosocial que genéricamente denominamos Entendimiento. En consecuencia, y a pesar de que a menudo se utilizan como sinónimos, no es lo mismo la mente que la psique como ya afirmamos anteriormente (sección 5.1). Psique representa todo el ámbito funcional que estudia la psicología y mente solamente una parte. Esto es relevante decirlo ya que fenómenos como la percepción o la misma dinámica emocional básica, no son fenómenos mentales sino fenómenos psíquicos y, además, estos fenómenos ocurren en los animales igual que en el hombre y, por definición cartesiana, los animales no tienen mente. En cambio, los animales sí presentan funcionalidad psíquica al condicionarse y percibir.

El concepto de Entendimiento es el concepto que mejor describe al ajuste funcional psicosocial. Así lo ha hecho históricamente —pienso en la obra de Locke (1956). Pero es que, además, es el concepto que, en su uso actual, denota mejor esa adaptación de los individuos a la sociedad. No en vano decimos que un individuo que actúa de acuerdo con lo convenido, es un individuo que entiende y que, en expresión disposicional, tiene entendimiento.

Tradicionalmente el concepto de entendimiento se ha utilizado como sinónimo de res cogitans, de mente y también de razón, e incluso de conciencia. Sin duda, el lenguaje filosófico y el ordinario han utilizado estos conceptos de forma cruzada y los ha vuelto a todos genéricos; genéricos para representar las facultades más propiamente definitorias de la especificidad del psiquismo humano. Hay que recordar, en este sentido, que en obras como la citada de Locke, el concepto de entendimiento es sinónimo de mente o de conocimiento y que el concepto de idea se define como «lo que es el objeto del entendimiento cuando un hombre piensa» (p.21). Más allá del debate sobre si las ideas son innatas o adquiridas [ver El Mito del Innatismo, en nuestra biblioteca], el tema fundamental es que el concepto tradicional de entendimiento se construyó sobre la dualidad mente-cuerpo y conceptos como el de noúmeno de Kant, que hemos referido anteriormente, se inscribe en el mismo esquema dualista que ha vuelto fantasmagórico lo psíquico, especialmente en lo que refiere al Entendimiento humano. La conclusión histórica del discurso racionalista e idealista es que la mente es una entidad paranatural y que las ideas son los contenidos de la mente, por definición también paranaturales aunque, por supuesto, son reales. Y este es el tema: por supuesto que el entendimiento y las ideas son reales, pero son funcionales. No son de un mundo racional ni ideal, contrapuesto al natural.

En nuestro uso funcional, Entendimiento es asociación con finalidad social. Es más, entender no difiere funcionalmente de percibir y, en su acepción de conocer, tampoco difiere del condicionarse. Esto es relevante porque es situar el Entendimiento al mismo nivel funcional que los otros fenómenos psíquicos. El Entendimiento, por decirlo así, es una dimensión funcional psíquica diferenciada por significar el ajuste social, pero no es una funcionalidad superior. Naturalismo, ahora, quiere decir esto.

El desarrollo paramétrico del campo psíquico, en términos de entendimiento témporo-modal y modal [ver tabla comportamental], nos permite ponderar todavía más la relevancia psíquica y filosófica del concepto de mente. En efecto, la filosofía se ha volcado, por decirlo así, al desarrollo del entendimiento cognoscitivo, pero la psicología afirma que existe un parámetro de entendimiento que es el entendimiento interactivo —el témporo-modal— que es igual de relevante para definir lo mental que el parámetro modal, y en cambio no ha recibido la consideración necesaria. Es igual de relevante porque lo que denominamos sociedad no sólo es lenguaje, sino lo que genéricamente podemos llamar “formas de comportarse” ligado a las costumbres. Un individuo se define por el ajuste a ambos aspectos de lo social: al cognitivo y al interactivo. Es más, para la mayoría de las personas, el ajuste a las costumbres es mucho más relevante que el ajuste al lenguaje y lo que éste representa. Todas las actividades de caza y pesca, de lucha y de guerra, el saber jugar en los deportes y el saber actuar profesionalmente y en los trabajos en equipo, pero también toda la interacción cotidiana en familia, en la escuela o la facultad o en el trabajo, son facetas relevantes del entendimiento y del psiquismo humano que se dan en la acción y la interacción. Hablamos del parámetro témporo-modal porque, en todas ellas, se da el entendimiento que consiste en saber qué hacer y también cuando hacerlo. Si se hace una cosa bien en un mal momento, no se hace bien. Tampoco si se hace lo incorrecto en el momento oportuno. La táctica deportiva nos ilustra esto espléndidamente. Así, un jugador puede calcular bien a quien debe pasar pero si no lo hace en el momento oportuno, no juega bien. Entender y entenderse, en este sentido, significa siempre no sólo hacer lo correcto, sino hacerlo en el momento oportuno, ambas cosas según lo socialmente convenido.

El entendimiento cognoscitivo, en cambio, es únicamente modal. Importa qué dices o qué hablas o qué piensas pero no el momento en que dices, hablas o piensas algo. Así, cuando resuelvo un problema matemático o lógico, o redacto un discurso filosófico, lo importante es hacerlo con todos los pasos bien hechos, pero no que esos pasos tengan que darse en un momento preciso en el tiempo; el tiempo es simplemente el parámetro físico paralelo a mi cognición pero nada de mi cognición se debe al tiempo. Dicho en otras palabras: en el parámetro interactivo el tiempo es criterio de ajuste o adaptación, en cambio en el cognoscitivo sólo es condición de ajuste.

Toda la filosofía y la misma ciencia se circunscriben al entendimiento cognoscitivo o modal. La psicología nos da esta valoración ponderada de la actividad cognoscitiva y no le da más valor que el que tiene en el contexto del campo y los parámetros de desarrollo psíquico.

De acuerdo, sin embargo, al mismo modelo teórico psicológico, se distingue entre dos funcionalidades interactivas y cognitivas: las que se dan como conocimiento y la que se dan como interpretación. Esta distinción se debe, como ya hemos apuntado, a los dos niveles funcionales del campo psíquico: asociación de elementos y asociación de valores de elementos. Hemos justificado esta distinción clave en los textos ya referidos y con múltiples ejemplos tanto a nivel del parámetro modal como del témporo-modal. Solo como ilustración oportuna, piénsese en la distinción entre el sentido denotativo y connotativo de las palabras o sobre lo distinto que resulta conocer la acción táctica de ‘la pared’ en un deporte de equipo y la interpretación correcta de esa jugada en una competición real. También puede ser oportuno aquí reproducir un texto de Montaigne [1533-1592] (1984) en el que se compara conocer e interpretar a nivel modal y témporo-modal simultáneamente:

La palabra es medio de quien habla y medio de quien la escucha. Éste tiene que prepararse para recibirla según el matiz que toma. De manera similar a como los que juegan a pelota, el que la recibe se mueve y se coloca según como ve mover al que la lanza y según la forma como lo hace (p.318).


La distinción entre conocer e interpretar es, no hay duda, uno de los grandes temas del entendimiento humano. Lo es porque permite ver con claridad los dos niveles en que se puede evaluar la inteligencia y el entendimiento humanos, ya que inteligencia es capacidad de entender. Por ejemplo, en el uso de las metáforas, como vimos en la sección 3.3, la diferencia está entre los que la conocen y los que la interpretan; o sea, entre los que se toman la metáfora al pie de la letra y los que la toman como manera de connotar. Por eso también cita Turbayne (1974) una frase de Hobbes que dice:

Las palabras son las fichas de los sabios: simplemente sirven para contar; pero son el dinero de los tontos (p.29).


La aportación de la psicología naturalista al tema del entendimiento humano se complementa con un rechazo claro a la espiritización que se ha hecho del conocimiento y la interpretación modal. En primer lugar, debe de rechazarse la conversión del habla en mente y de las palabras en ideas, conceptos o nociones. La creencia racional de que la mente, o el entendimiento, era una realidad trascendente y desligada de lo natural, llevó a pensar que sus contenidos también eran de un orden distinto. Si se asume, en cambio, que la facultad distintiva del hombre es hablar, lo que llamamos mente o entendimiento cognoscitivo es ajuste o un modo de adaptación que brinda el lenguaje y que no requiere ninguna transformación substancial en un universo sobrenatural. La sociedad, por decirlo así, conviene en maneras de expresión oral o gestual que refieren cosas y que las substituyen a efectos comunicativos entre individuos que tienen poder de asociación. Éste es el tema: el uso de palabras como símbolos de las cosas se explica por la convención pero también por la funcionalidad asociativa del psiquismo individual. Entonces podemos acabar diciendo que el significado de las palabras está en la convención para referir y substituir cosas, eventos y demás, y que en la medida que un individuo las usa, conoce.

La abstracción y las diferencias individuales en su uso, a un nivel más concreto, no es un problema para la psicología naturalista ya que abstraer es usar palabras en un rango determinado de generalización, pero no es una capacidad superior ni sobrenatural. Otra cosa es que para filosofar o para estudiar, en general, sea necesario usar términos abstractos y los individuos de culturas llamadas primitivas no lo hagan. Es simplemente un tema de necesidad o no de cubrir lingüísticamente universos genéricos.

En otro orden de cosas pero con una enorme repercusión en el pensar teísta y humanista, aparece el tema clave de la conciencia. De hecho ha constituido el basamento teórico relevante en corrientes filosóficas como el idealismo o la fenomenología. Desde nuestra perspectiva (Roca, 2001), la consciencia es, en un primer sentido, hablar de sí mismo; decirse y con ello identificarse. En un segundo sentido, es conocer; darse cuenta. En un tercer sentido, es conciencia moral, y entonces es un concepto integrador de entendimiento y condicionamiento emocional. En todos los casos conciencia es hablar. O es pensar, que también es hablar. Pero la conciencia no es una entidad, ni está en un sitio —ni en el corazón ni en el cerebro—, ni la tienen solamente los individuos de la especie humana por creación o por razón. Ni es independiente de todas las funcionalidades naturales, ni es la quintaesencia que justifica la superioridad humana. Es, simple y llanamente, hablar de si mismo y del resto de cosas de las que se pueden hablar, que delimitan el ‘sí mismo’. Y no se puede decir, so pena de especular, que uno puede centrar su discurso comprensivo de la naturaleza en los contenidos de la conciencia y en las ideas que alberga. Simplemente porque hablar —pensar, decir o decirse— es un acto abierto a la convención lingüística social y a las otras dimensiones del propio psiquismo.

Josep Roca i Balasch

Bibliografía

+ Locke, J. (1956)
Ensayo sobre el Entendimiento Humano. México: FCE.
+ Montaigne, Michael de (1984), Assaigs. Barcelona: Edicions 62.
+ Roca, Josep (2001), ‘Conciencia: ilustración deportiva’. Apunts. Educación Física i Deportes. Número 64, pp.78-83.
+ Turbayne C.M. (1974 [1970]), El mito de la metáfora. México: FCE.

5.4 Tabla funcional psicológica

Hemos realizado un desarrollo paramétrico del campo psicológico (sección 5.2) que sirve para cubrir los grandes temas de la psicología y para ordenar su exposición. Lo hemos hecho atendiendo, por un lado, a la dependencia final que allí presentamos como dimensión causal fundamental. Pero lo hemos hecho, también, atendiendo a dos niveles funcionales cuya distinción se ha contrastado con hechos y datos experimentales psicológicos incuestionables (Roca, 2006). Nos referimos a los dos niveles asociativos: asociación de elementos y asociación de valores de elementos. Esta distinción funcional aparece como plenamente justificada por la existencia, por ejemplo, de la constancia perceptiva que es una asociación entre los valores absolutos entre dos o más reacciones sensoriales y por la configuración perceptiva, que es una relación asociativa entre valores de aquellas reacciones. Sería el caso de la constancia del tamaño por asociación entre un objeto —un coche, por ejemplo— y su tamaño; la relación siempre es la misma. En cambio, la medida de un objeto, como puede ser un pino, que puede cambiar continuamente de tamaño, requiere ser contextuada por la distancia a la que se le sitúa, ya que tenemos aprendido que, para un mismo tamaño, a mayor distancia más pequeño parece y mayor ha de ser la corrección perceptiva. Lo mismo sucede en el entendimiento humano: las palabras, en su sentido denotativo, son asociaciones rígidas respecto de los objetos y cosas. En cambio en su connotación, requieren el dominio de un significado que puede cambiar momento a momento, dependiendo de la dinámica grupal o social. La distinción entre Conocimiento e Interpretación también obedece a esta distinción funcional asociativa básica entre asociación de elementos y asociación de valores de elementos.



En esta tabla funcional psicológica, destaca el desglose paramétrico que hacemos de los dos niveles asociativos citados. En efecto, se plantea que, en cada nivel asociativo, el campo psíquico puede desdoblarse en asociación temporal, asociación modal y en la combinación de ambas. Se da, también aquí, un forzamiento heurístico del concepto de asociación respecto del sentido habitual en el lenguaje ordinario. Pero dado que definimos asociación como relación construida ontogenéticamente entre reacciones orgánicas, la relación temporal es plenamente aceptable. Así, para ilustrarlo, aparece como plenamente psicológico el Condicionamiento Temporal pauloviano y la Constancia Temporal perceptiva que explican, ambas, la anticipación temporal simple a un estímulo sea este digestivo o sensorial. Decimos, por ello, que ambos fenómenos son funcionalmente iguales pero difieren en la finalidad adaptativa. Las consecuencias heurísticas de la inclusión del parámetro asociativo temporal son muy relevantes ya que permiten, entre otros beneficios, explicar la percepción temporal igual que la percepción espacial y desligar —funcional y nítidamente— la percepción respecto de la sensación y los sentidos. En efecto, es habitual organizar la enseñanza y la investigación perceptiva a partir de los órganos sensoriales y, así, se habla de percepción visual, auditiva, táctil, etc. Esta concepción organocéntrica [énfasis del editor] de la percepción vuelve imposible un enfoque naturalista de la percepción del tiempo. En una clara especulación, se ha dicho que se dispone de un reloj biológico para percibir el tiempo; cosa plenamente rechazable por lo que ya se ha dicho sobre el hablar metafórico y el ser víctima de la metáfora (sección 3.3). La alternativa naturalista es clara: se percibe el tiempo con los mismos sentidos que se percibe el espacio y cualquier otra dimensión física. Porque percibir es relación asociativa entre reacciones y lo es de forma autónoma respecto de los elementos sensoriales participantes. Es por ello que en el ámbito científico de la percepción, no se duda de la igualdad funcional entre anticipación temporal y anticipación modal.

La equiparación funcional entre fenómenos que han aparecido como diferenciados en la literatura científica psicológica es, en términos generales, una de las propiedades heurísticas de la tabla. En este sentido, esta tabla funcional permite replantear naturalmente temas fundamentales de la concepción del hombre y de su pertenencia al mundo natural.

Primero, delimita funcionalmente la psique y la muestra en sus dimensiones cualitativas básicas, sin que ninguna se salga de un marco de representación común. Cuando en ciencia hablamos psicológicamente de un individuo o de un sujeto, estamos hablando de la integración funcional de estas dimensiones adaptativas [énfasis del editor].

Segundo, muestra que Condicionarse, Percibir y Entender son funcionalmente equivalentes y admite la especificación de los fenómenos concretos. En este sentido, asume que Percibir y Entender son dos fenómenos distintos dadas sus finalidades respectivas, pero iguales en funcionalidad. Ello tiene una enorme relevancia de cara a afirmar, entre otros aspectos, la continuidad natural entre los animales y los hombres.

Tercero, dado que con el concepto de condicionamiento se cubre la condicionalidad reactiva emocional, esta dimensión se integra con naturalidad en el universo psicológico y, complementariamente, refuerza nuevamente la igualdad funcional entre animales y humanos, ya que todos muestran alteración emocional incondicionada y condicionada.

Josep Roca i Balasch

Bibliografía

+ Roca, Josep (2006)
, Psicología. Una introducción teórica. Girona: EAP-Documenta Universitaria.

5.3 El campo integral natural

Los conceptos de estructura y sistema han venido siendo utilizados ampliamente en la ciencia actual aunque los sentidos que han tomado son diversos. En un sentido que debemos considerar negativo para el progreso del conocimiento, se han desarrollado en términos de diagramas de bloques de inspiración cibernética, o mecánica en general, y han dado pie a los típicos dibujos con rectángulos o cuadrados, círculos y flechas, que quieren significar el conjunto de cosas a tener en cuenta y cómo se afectan mutuamente. Han surgido así una serie ilimitada de representaciones de fenómenos y de interdependencias de todo tipo, las cuales más que contribuir a una teoría general de sistemas tal y como habría querido Bertalanffy (1976 [1968]), han significado una aproximación más bien descriptiva —que no funcional— a la realidad de los fenómenos, sin posibilidad de integrarlos en una teoría unitaria. Con respecto a la psicología, en concreto, hay que decir que no ha salido bien parada de esta tendencia puesto que, a partir del uso de diagramas cibernéticos por parte de psicólogos cognoscitivistas, han surgido unas formulaciones claramente especulativas sobre entidades y mecanismos mentales, abonando el dualismo y volviendo a la psicología incompatible con una ciencia funcional de tipo naturalista.

Los conceptos de estructura y sistema, cuando se han formulado en términos de patrones de relaciones funcionales, tienen más interés puesto que evitan el caer víctimas de las metáforas mecanicistas y se abren a planteamientos más dinámicos e interactivos, propios de lo que debe ser una ciencia natural. El modelo de campo es, en este sentido, un modelo claramente estructural y sistémico. Es un modelo que entiende que hace falta tener nociones de estructura y entiende, además, que hace falta avanzar hacia una formulación general de la ciencia con conceptos integradores. Este objetivo, hay que decirlo, es plenamente congruente con la idea de que la realidad natural es un sistema de relaciones y de interdependencias funcionales tal, que no es posible entender su funcionamiento sin atender a la globalidad de la estructura o al sistema de relaciones que presenta.

El planteamiento del modelo de campo que hemos esbozado aquí, y que queremos para la psicología y para la ciencia en general, es un modelo que incorpora el concepto de causa de una manera decidida como concepto común para conceptualizar las relaciones a todos los niveles funcionales y en su interdependencia. En la representación gráfica del campo psicológico que hemos visto en el apartado anterior, se observa que las cinco causas referidas permiten tener una visión de estructura funcional de los fenómenos psicológicos pero a la vez, y esto es lo que interesa notar ahora, las cinco causas referidas pueden ser desarrolladas en cada uno de los otros niveles funcionales —físico-químico, biológico y social— [énfasis del editor], de manera que puede resultar una noción clara de sistema de relaciones común que acepta, a la vez, la diversidad y la unidad funcional. Con las mismas causas, por decirlo así, abarcaríamos todos los fenómenos naturales, y el sistema de relaciones comunes a todos ellos serían precisamente las causas.

Sería fantástico que la psicología se moviera hacia estos planteamientos, puesto que significaría un adelanto hacia su reconocimiento como ciencia natural y hacia la integración de su discurso en un sistema explicativo integrado de la ciencia. Los profesores de psicología tenemos mucho que decir, pero también los profesores de otras ciencias que deben abandonar viejos prejuicios sobre la psicología y optar por un lenguaje funcional integrador, atendiendo a los diferentes niveles funcionales que hay en la naturaleza y a su interdependencia. También ellos deberían moverse hacia un discurso funcional plenamente naturalista.

Está claro que, llegados a este punto, anunciamos un enfoque explicativo de un interés evidente para la ciencia en general. Es un enfoque que debe ser desarrollado por los científicos generalistas de cada nivel funcional y que estén atentos, además, a los desarrollos conceptuales de las ciencias morfológicas y de las ciencias tecnológicas. Pero es un desarrollo que es fácil intuir hacia donde nos puede llevar: a una concepción funcional integral de los fenómenos naturales.

Las ventajas de un modelo teórico de campo integral serian muchas, Una de ellas seria que volvería inútiles esas modas temáticas que ha generado la ciencia actual y que actúa creando reducciones explicativas o sobrevaloración de unas ciencias por encima de otras. Piénsese sólo en la moda de estudio del cerebro y de las llamadas neurociencias que se presentan con una visión reduccionista de la funcionalidad sociológica y psicológica, en la que el cerebro se convierte en una especie de santa santorum de la causalidad. No tiene desperdicio, parar ilustrar esto, la costumbre de mostrar un cerebro flotante, idealizado y, muy a menudo, rodeado de una aureola luminosa, queriendo indicar que allí ocurre algo extraordinario y misterioso. Ese algo misterioso y extraordinario puede llegar a todos los temas de la ciencia con el pretexto de que el cerebro es algo tangible y hay millones de conexiones en su interior. Por eso se atreven a dictar supuestas explicaciones de todos los fenómenos a partir del cerebro emocional, del cerebro social, del cerebro sexual, del cerebro psicopático o del cerebro arriscado. Lo mismo sucede con la genética, a partir de la que se llega a postular un gen para cada carácter con que se pueda describir un organismo o un individuo, o se postula un gen para cada patología.

Una ciencia de verdad multifuncional es incompatible con ese proceder mágico de algunas corrientes de pensamiento de la ciencia biológica actual, las cuales siguen teniendo un lenguaje morfológico que les lleva a suponer la existencia de capacidades y disposiciones en el interior de los cuerpos que causan los caracteres manifiestos que se observan en ellos. Habría que ver a qué intereses responden esas prácticas mágicas que se formulan en nombre de la ciencia avanzada. Uno no puede sino pensar que los intereses de la industria farmacéutica pueden estar incitando a este tipo de publicación [énfasis del editor]. En todo caso, la lógica científica funcional no puede aceptar aquellos productos especulativos como causas explicativas del funcionamiento de la naturaleza. Por el contrario, la lógica científica funcional deberá promocionar los discursos en los que se muestren todas las interdependencias causales que permitan una intelección naturalista del funcionamiento del cerebro y de cualquier otra entidad definida topográficamente. En este sentido, hay ya ideas interesantes. Por ejemplo, la corriente llamada “neuroplasticity” (Shaw, C.A. & McEachern, J,C., 2001) abona decididamente la idea de que es la funcionalidad psíquica la que determina eficientemente el funcionamiento cerebral. Quizás hablan de forma demasiado genérica cuando hablan de la experiencia como determinante, pero decididamente ponen en relación eficiente lo psíquico respecto de lo biológico. Lo tienen claro hasta tal punto que se afirma que no sólo las conexiones cerebrales dependen de las asociaciones psíquicas, sino que incluso la morfología cerebral acaba siendo un resultado de aquella determinación. Esta es una aportación clave ya que, sin poner en cuestión la funcionalidad reactiva, precisa que su concreción depende de la determinación eficiente que ejerce otro nivel funcional.

Por otro lado, la dependencia eficiente de lo biológico por lo físico-químico está claramente establecida, como se puede deducir del efecto de las drogas sobre el funcionalismo orgánico; efecto que, en determinados casos, se traduce también en alteración del funcionalismo psíquico por la simple razón que la reacciones de los órganos y sistemas orgánicos son la base material para el funcionamiento psíquico.

Este discurso de interdependencias funcionales es el que debe desarrollarse para ofrecer una explicación naturalista de los fenómenos humanos y naturales, en general. No podemos sino terminar este apartado con la relación de dependencia funcional sociopsicológica, ya que en ella está la clave para entender el lenguaje y el habla, junto a multitud de temas relativos a la naturaleza humana. En este sentido queremos decir que la convención lingüística social es la que da significado a las palabras y las expresiones lingüísticas.

Un organismo cuando se adapta a lo social se adapta a costumbres, tradiciones, formas de comportarse, maneras de jugar en los deportes, etc. Todo ello constituye lo que llamamos Entendimiento. Pero es evidente que la adaptación a las maneras de hablar de cada grupo es la adaptación fundamental y nuclear en la existencia de los individuos humanos. A esa adaptación al lenguaje le llamamos hablar [énfasis del editor]. Hablar es relacionar sonidos, o signos en general, con base en una determinada convención preexistente respecto de un individuo concreto. La convención social, en este sentido, determina eficientemente el hablar en cada individuo del grupo lingüístico, pero el hablar es asociar, no es convenir. Ahora bien, dos o más sujetos pueden convenir en hablar de determinada manera y así, funcionalmente, se puede explicar los cambios de sentido, la creación de nuevas palabras o discursos y, en definitiva, la determinación eficiente psicológica —por materialidad— del lenguaje.

La conversión del hablar en razón o mente, llevó al entendimiento mágico y espurio de esa funcionalidad psíquica y social. El tratamiento directo del hablar y del lenguaje han de contribuir, en cambio, a una concepción de la actividad cognoscitiva humana plenamente integrada en la naturaleza.

Josep Roca i Balasch


Bibliografía

+ Bertalanffy, Karl L.v. (1976 [1968])
, Teoria general de los sistemas. México: Fondo de Cultura Económica.
+ Shaw, C.A. & McEachern, J,C. (2001), Toward a Theory of Neuroplasticity. Philadelphia: Psychology Press.

Sección del capítulo:

5.2 El modelo teórico de campo

Hace poco, publiqué un artículo en el que, junto a planteamientos ya expuestos en este seminario, ofrecía el modelo teórico de campo como el mejor modelo teórico para la psicología y su enseñanza (Roca, 2007).

Reproduzco aquí parte del texto con algunos retoques y añadidos.

Debería quedar claro que Psique es un concepto bien natural, tanto como lo pueden ser vida o materia. Los prejuicios de quienes igualan psíquico con espiritista deben quedar fuera de la definición de una ciencia justificada e históricamente relevante como es la psicología. Por otra parte, utilizar la palabra mente es, como hemos apuntado, devaluar el concepto de psique. Puesto que este concepto de psique es más amplio y, por lo tanto, facilita la definición del universo de fenómenos que interesan a la psicología.

El concepto de funcionalidad es sinónimo de animación [énfasis del editor] y, con la afirmación de que la naturaleza se concibe científicamente como un conjunto integrado de animaciones, la psicología se inserta de pleno en el discurso científico. Se podría utilizar el concepto de comportamiento o el de conducta, en lugar del de funcionalidad, pero esto tendría el inconveniente de convertir en morfológico algo que es necesario concebir como dinámica o animación, aparte de que, como hemos dicho, conducta es un término genérico y objeto material de todas las ciencias.

El concepto de asociación es el distintivo de la animación o nivel funcional psicológico. Asociación es relación construida entre reacciones orgánicas o vitales y, siendo plenamente natural, es diferente de otras relaciones como son las relaciones conmutativas que estudia la física, las relaciones reactivas que estudia la biología y las relaciones convencionales que estudia la sociología. En este punto hace falta subrayar que todas las ciencias estudian relaciones, pero lo que las distingue es el tipo o la forma de relación en que se fijan y a partir de la cual definen su ciencia funcional. En todas ellas, sin embargo, el concepto de relación funcional es clave, puesto que es sinónimo de causa, y así cumplen la idea de que la ciencia básica y más fundamental consiste en el estudio de las causas.

La psicología debe hacer frente al concepto de causa y a toda su potencialidad y, en este sentido, entendemos que la concepción de las causas —formal, final, material y eficiente— aristotélicas, son mucho más que un discurso filosófico de referencia. El concepto de campo en ciencia teórica actual significa, a nuestro entender, el planteamiento integrado de causas o relaciones funcionales. Con el desarrollo del denominado Modelo teórico de campo que hemos hecho nosotros (Roca, 2006) y que se representa y se resume en la Figura 2, utilizamos aquellas causas aristotélicas en el marco de la idea de estructura funcional que ha venido a ofrecer el modelo de campo en la ciencia actual.

Ver figura 2

La primera causa o relación funcional a considerar es la formal [énfasis del editor] y hace referencia, precisamente, al nivel funcional que cada ciencia destaca del funcionamiento de la naturaleza y de la conducta humana en particular. La relación asociativa es, como decíamos, la que identifica la psicología. En el diagrama del nivel funcional psicológico de la Figura 2, lo representamos con las líneas que unen los elementos participantes (E). Forzando, a efectos heurísticos, el concepto de asociación distinguimos entre asociación de elementos y asociación de valores de elementos y, también, entre asociación temporal y asociación modal. Estas distinciones se representan con líneas continuas y continuas-discontinuas de un lado, y del otro con líneas rectas simples y rectas compuestas formando un arco, respectivamente. Al hacerlo, queda claro que el concepto de asociación es abstracto y admite un desglose funcional y paramétrico. La identidad que nos otorga este concepto de cara a definir la singularidad funcional que ocupa toda la psicología está fuera de duda. Es el concepto que conviene a la psicología porque señala una forma singular de relación y puede ser fácilmente traducida, mediante el desglose apuntado, por conceptos más concretos que abarcan todos los fenómenos psicológicos básicos. Así, Condicionamiento, Constancia y Configuración perceptiva, Percepción del Tiempo y Percepción del Espacio, o Conocimiento e Interpretación Cognoscitiva, son todos ellos conceptos que pueden definirse en base a la asociación.

La segunda causa es la material que se define como la relación de dependencia de un nivel funcional respecto del otro que es condición de base para su existencia. Para el caso de la asociación, significa relación de dependencia funcional de los fenómenos psíquicos respecto de los biológicos. Es lo que se corresponde, en la definición anterior, con la idea de la que partimos de la existencia del funcionalismo orgánico para hablar de psique. Cada reacción orgánica y todas ellas en su funcionamiento organizado, son causa o condición material para la existencia de la asociación. En la Figura 2, lo representamos con la E mayúscula de Elemento, dónde cada “E” representa una reacción orgánica (e→r) o un conjunto de ellas. Queda muy claro, en todo caso, que el funcionamiento del campo psíquico no puede ser nunca entendido a partir de sus elementos, aunque dependa de ellos como condición material.

La tercera causa es la final que se define como relación de dependencia de un nivel funcional respecto de otro que exige ajuste. En el caso del nivel asociativo, es la relación de dependencia funcional que muestra cómo la adaptación al, llamado tradicionalmente, “entorno” o “medio” es ajuste a los tres universos funcionales con los que se encuentra cada organismo que nace: los universos vital, material y social. Adaptándose a ellos, en el organismo se construyen los condicionamientos, las percepciones y los entendimientos, respectivamente, que definen los fenómenos psicológicos más básicos, en la dimensión cualitativa.

Con las tres causas referidas, y con el desarrollo en base a los niveles funcionales, parámetros y finalidad adaptativas, se dispone ya de un entramado conceptual que, aparte de hacer frente a la realidad de los fenómenos psicológicos, organiza el discurso psicológico de una manera coherente.

La cuarta causa a considerar es lo que en la ciencia actual y, más concretamente, en el modelo teórico de campo, denominamos factor o variable. Factor o Variable se definen en general como características concretas del campo funcional que explican su variación cuantitativa [énfasis del editor]. En el campo psíquico, ambos conceptos hacen referencia a las características concretas de la relación asociativa, las cuales comportan cambios cuantitativos en su fuerza o nivel de aprendizaje. Los modelos teóricos de Köhler (1967 [1929]) y de Kantor (1978 [1967]) contemplaban ya la dimensión cuantitativa como fundamental de cara a la construcción de una ciencia psicológica normal. En nuestro desarrollo del modelo de campo hemos hecho una definición nítidamente funcional de estos factores y los hemos agrupado en tres grupos: Factores Estructurales —Contigüidad y Contraste entre los elementos, y Complejidad y Orden en los compuestos asociativos—; Factores Históricos —Práctica de una relación asociativa, Distribución de esta práctica, Variabilidad de los valores de relación y Probabilidad de la presencia de los elementos del campo asociativo—; y Factores Situacionales —Generalización como separación de un Elemento respecto del esperado e Inhibición como presencia de un elemento extraño en una relación (Roca, 2006).

Estos factores son los que se encuentran en diferentes prácticas de investigación psicológica y son referidos por la mayoría de teorías aunque pueden presentar diferentes nombres y tener valoraciones diversas. El Modelo Teórico de Campo pretende mostrar la existencia de esta causa de variación en el campo psíquico, mostrar la interdependencia de factores, unificar el discurso cuantitativo a partir de las concreciones de los factores y sus interacciones y, evidentemente, organizar la enseñanza de la psicología en tanto que nos permite hablar del análisis del quantum y de leyes psicológicas con toda normalidad científica explicativa.

La quinta causa es la eficiente y se define como la afectación de un nivel funcional por otro que determina formas funcionales concretas. En el campo psíquico, se trata de la relación de dependencia funcional de los fenómenos básicos de condicionamiento, percepciones y entendimientos y de los factores de campo, respecto de las dinámicas funcionales social, biológica y físico-química que determinan sus formas concretas. Esta relación de dependencia funcional permite explicar, en el caso psicológico, la evolución y diferenciación individual. Es lo que, en la Figura 2, representamos al lado derecho del diagrama con líneas discontinuas. Con esta causa completamos el discurso explicativo psicológico puesto que, a la definición cualitativa y cuantitativa de los fenómenos, se añade la explicación de la singularidad con que estos fenómenos se presentan en cada individuo y evolucionan a lo largo de su existencia o en determinados periodos.

Como ejemplo ilustrativo de esta propuesta de estructura explicativa de campo, piénsese en la ansiedad aversiva. La explicación de esta emoción psicológica requiere atender a una relación asociativa por la cual un elemento reactivo neutro se asocia a un elemento reactivo que provoca dolor, dándose un condicionamiento. Dolor sería la respuesta incondicionada a un estímulo que daña el organismo. La ansiedad sería el dolor condicionado. Ansiedad también puede ser miedo condicionado [énfasis del editor]. Estas ansiedades pueden variar en fuerza en base a cualquier factor o interacción entre ellos, por ejemplo en base a la contigüidad entre los elementos del campo asociativo o en base al factor de generalización que hace que elementos similares al condicionado se conviertan también en ansiógenos. Finalmente, la ansiedad puede obedecer a determinantes sociales —ansiedad vinculada al concepto de infierno—, a determinantes biológicos —alimentos que en una dinámica digestiva se han convertido en nocivos— o incluso a determinantes físicos —la textura de un terreno se puede relacionar con una caída y provocar igualmente ansiedad—. Sin querer profundizar en la temática ni en el ejemplo, decimos que todas las dimensiones causales son necesarias para explicar una ansiedad concreta, en un individuo, puesto que hay una asociación, basada en unas reacciones orgánicas, que se dan con objeto de adaptarse a las condiciones de vida —Condicionamiento—. Y hay factores que explican la variación en la ansiedad y hay determinantes diversos de ésta.

Mirando el conjunto de la Figura 2, queda claro que los fenómenos biológicos son la base material de los psicológicos pero, a la vez, los físicos lo son de los biológicos y, lo que es más importante, los psicológicos lo son de los sociológicos. A la vez, la dimensión ajustativa de la funcionalidad asociativa vuelve a poner en relación de dependencia funcional los fenómenos psicológicos respecto de los otros fenómenos naturales. Y más aún, la determinación eficiente muestra como los fenómenos psicológicos básicos dependen también de aquellas mismas funcionalidades en otro orden de dependencia. En el texto que ha servido de referencia (Roca, 2006), citado más arriba, hemos realizado una justificación más amplia e ilustrada de este planteamiento explicativo. Nuestro objetivo aquí, se ha limitado a presentar el campo psicológico y apuntar su bondad de cara a organizar la psicología y situarla entre las otras ciencias naturales.

Josep Roca i Balasch

Bibliografía

+ Kantor (1978 [1967])
, Psicología Interconductual. México: Trillas.
+ Köhler (1967 [1929]), Psicología de la Configuración. Madrid: Morata.
+ Roca, Josep (2007) Enseñanza de la psicología. La aportación del Liceu Psicologic. Revista de Enseñanza de la Psicología. Teoría y Experiencia, 3 (1).
— (2006) Psicología: una introducción teórica. Girona: EAP-Documenta Universitaria.

5.1 La Psique

El conductismo ha significado la existencia del compromiso naturalista en psicología durante el siglo XX. Entiendo que esto está fuera de toda duda. Pero el conductismo —el interconductismo también— han mantenido una ambigüedad de criterio en su forma de hablar que ha dificultado la construcción de un cuerpo teórico solvente y, por supuesto, ha impedido también su conversión en el paradigma general que la psicología necesita. Es la ambigüedad de definir conducta con criterio de funcionalidad, pero manteniendo expresiones del criterio de extensión en la misma definición. Con base a esta idea he publicado algunos escritos que refiero, para que puedan ser consultados, como ampliación de este tema: On the Organism and the Environment (1988); El papel de las instituciones cognoscitivas en la ciencia psicológica (1993); Problemas filosóficos de la psicología interconductual (1994); y Conducta y Conducta (2007).

La crítica a la ambigüedad del conductismo ha ido ligada a la propuesta clara de definir conducta no como acción sino como relación asociativa, en el contexto de la concepción funcional de la ciencia en general presentada anteriormente. Pero es que, además, el concepto de conducta tiene inconvenientes graves de cara a postularse como el objeto de estudio de la psicología. El primer inconveniente es que la conducta de los individuos es algo en qué están interesadas todas las ciencias naturales funcionales y, por tanto, nadie puede copar con todo lo que conducta significa. El segundo es que la idea de que había que definir la psicología como el estudio de la conducta, se planteó como alterativa al estudio de la psique o de la mente, dada la interpretación sobrenatural o paranormal de la psique que tuvo lugar a partir del dualismo cartesiano. Está claro que aquella definición no abordó con naturalidad la definición de psique sino que lo que hizo fue evitar hablar de ella. Haciendo esto, la psique quedó como un fenómeno irreconocido y extraño, y la psicología quedó como una ciencia imposible: el estudio de la psique no era el estudio de la psique. ¿Quién podría entender esto?

El naturalismo ha de significar, en este sentido, la reconsideración de la psicología como estudio de la psique, diciendo que la solución no está en borrar la psique, sino en definirla funcionalmente en el contexto de las ciencias naturales. Esto es lo que hemos propuesto desde el Liceu Psicològic con una definición que reproducimos aquí: La psicología es el estudio de la psique, y la psique se define como la funcionalidad asociativa —en calidad, cantidad y evolución— que significa la adaptación de los organismos a las funcionalidades fisicoquímica, vital y social que presiden su existencia.

Esta definición es también una alternativa a la definición de la psicología como estudio de la mente, ya que este concepto es notoriamente inadecuado como sinónimo de psique y dada su ligazón con la etérea “cosa pensante” del dualismo cartesiano. En efecto, el concepto de mente no cubre todo el ámbito funcional que cubre el concepto de psique y restringe, por ello, el universo funcional psicológico. Esto se hace evidente cuando aquel concepto se limita a los fenómenos cognoscitivos y deja fuera o no puede asumir, si no es forzadamente, los fenómenos perceptivo-motrices y todos aquellos relacionados con la regulación psíquica de del funcionamiento orgánico y el tema de lo emocional.

En la definición que acabamos de dar, la funcionalidad psíquica se desdobla, por relación de dependencia final, en Condicionamiento como adaptación biológica, Percepción como adaptación físico-química y Entendimiento como adaptación social. Con estos conceptos el tema de la cosa pensante, o de la mente, se circunscribe al ámbito del Entendimiento humano, pero se reconocen inequívocamente dos dimensiones del psiquismo que son el Condicionamiento y la Percepción los cuales, como decíamos, no se reconocen con coherencia en la definición de la psicología como estudio de la mente. Lo vemos con más detalle en los apartados que siguen.

Josep Roca i Balasch

Bibliografía

+ Roca, Josep (1988)
‘On the Organism and the Environment’. Behavior Analysis, 23, núm.3, 101-105.
— (1993) ‘El papel de las instituciones cognoscitivas en la ciencia psicológica’. Revista de Psicologia general y aplicada, 46, pp. 365-370.
— (1994) ‘Problemas filosóficos de la psicología interconductual’. En L. Hayes, E. Ribes y F. López (eds.) Psicología Interconductual. Contribuciones en honor a J.R. Kantor, pp. 69-90. México: Universidad de Guadalajara.
— (2007)Conducta y Conducta’. Acta Comportamentalia, 15, pp. 33-43. (Disponible en nuestra Biblioteca)

Sección del capítulo:

4.3 Lo Funcional: Movimientos y Causas

La idea aristotélica de que la ciencia se ocupa, ante todo, de las causas, es una idea que debe ser asumida por el naturalismo. Por lo que hemos dicho al hablar de los métodos científicos y de la diversidad de objetivos y métodos en lo que genéricamente llamamos ciencia, sólo la ciencia funcional tiene como objetivo definitorio el ocuparse de las causas.

El concepto de causa ha tenido, tradicionalmente, el significado de ‘un algo que crea algo’, reproduciendo el supuesto acto divino de crear el universo de la nada. Cuando algunos han especulado sobre la existencia de la mente, y cómo ésta decide y guía la conducta, han hecho algo parecido, quizás por aquello de que el hombre está hecho a imagen y semejanza de dios.

La ciencia, en su construcción teórica, ha tendido a formular las cosas de otra manera: ha entendido la causa como relación funcional. Así, como decíamos, un físico dirá que una reflexión óptica es una reemisión de la luz al incidir en una superficie. No es algo que cause la luz, ni la superficie con la que choca; la reflexión es una relación entre luz y superficie. Es más, según la luz, el ángulo de incidencia y el tipo de superficie, surgen aspectos relacionales relevantes para entender el fenómeno físico en general. Por ejemplo, según la superficie, la reflexión será mayor o menor o habrá también mayor o menor dispersión. En el ámbito biológico, sucede lo mismo. Por ejemplo, cuando se habla de una reacción fisiológica, instintiva o incondicionada, la reacción se define como el estímulo y la respuesta que provoca. Un fisiólogo, en este sentido, no dirá que una luz causa la visión en el ojo, sino que con propiedad dirá que la visión es la relación entre el estímulo y la respuesta en el ojo y en todo el sistema reactivo del que dispone cada organismo. Lo mismo sucederá con un movimiento instintivo en un animal o en un reflejo incondicionado digestivo. Por compleja que sea la funcionalidad es siempre reacción.

Ni qué decir tiene que en psicología sucede, o debería suceder, lo mismo cuando se habla, por ejemplo, de percepción visual o de entendimiento cognoscitivo. Cuando uno percibe no es que haya un homúnculo dentro la cabeza que capta los estímulos y crea la percepción. Tampoco los estímulos que llegan al cerebro la provocan por un acto mágico. Tampoco es el ojo que percibe, aunque se pueda hablar así. Decir que uno percibe significa que se da una relación asociativa en un individuo, no que ese individuo la cree. En este sentido, hay que decir que percepción es percibir, es decir: relacionar reacciones sensoriales entre si y, a partir de esa relación asociativa, poder anticipar una reacción generándose una nueva dimensión adaptativa. Yo puedo decir que el sujeto percibe pero cuando hablo así, hablo con criterio de extensión. Cuando hablo con criterio funcional, percibir es la función que define al sujeto.

Podríamos continuar con otros ejemplos pero la idea es clara: causa es relación funcional. Atendiendo a los mismos ejemplos, la primera causa, a la que debe atender la ciencia funcional, es aquella que define la funcionalidad en que está interesada cada ciencia. Es por ello que decimos que los descriptores funcionales que hemos presentado en el apartado anterior son causas: identifican con la máxima abstracción, todos los fenómenos que cumplen con la relación conmutativa, con la relación reactiva, con la relación asociativa y con la relación convencional.


Hace unos años publiqué un artículo en que presentaba estas ideas y además las ligaba al pensamiento que nos ha llegado de Aristóteles sobre los tipos de movimiento o cambio y las causas. Lo titulaba Movimientos y Causas (Roca, 1997). Lo que dije allí, aunque se centra en la contextualización de los fenómenos psicológicos desde esta perspectiva funcional y causal, es lo que debería complementar este tema del seminario. En todo caso, la definición de causa como relación funcional significa la posibilidad no solo de definir cada nivel funcional de lo natural, sino también la de la relación funcional de dependencia entre ellos y la de factor, como característica relacional concreta que explica la variación cuantitativa en cada uno de aquellos niveles funcionales.

A efectos de la organización de la ciencia general, no sólo de la psicología, la propuesta rectora que se deriva de aquel trabajo y de otros que no vale la pena referir aquí, es la siguiente:

Cada ciencia se define por una relación funcional diferenciada y que se desglosa en tres “movimientos” o dimensiones funcionales, a saber: una dimensión cualitativa, otra cuantitativa y otra evolutiva. Estas tres dimensiones son las que ya representamos en el cuadro clasificatorio de las ciencias presentado anteriormente y que reproducimos aquí:

Ciencias funcionales
Calidad
Cantidad
Evolución
Sociología
Economía
Leyes
sociológicas
Historia
Psicología
Leyes
psicológicas
Psicología
evolutiva
Biología
Fisiología
Leyes biológicas
Biología evolutiva y del crecimiento
Física y Química
Leyes físicas
y químicas
Historia del universo


Más allá de estas tres dimensiones funcionales, a los fenómenos del mismo nivel los identificamos como únicos y por ello hablamos de fenómenos físico-químicos, biológicos, psicológicos y sociales. Es, por decirlo así, la columna de la izquierda la que define funcionalmente las dimensiones cuantitativa y evolutiva. Cada uno de estos niveles funcionales se identifica por su estructura, forma o tipo de funcionalidad que, en términos explicativos, es causa formal. Complementariamente, la ciencia actual —a partir sobretodo del desarrollo el modelo teórico de campo, que veremos más adelante— ha desarrollado el concepto de Factor o Variable, para explicar la variación cuantitativa en una determinada relación. Para seguir con la lista aristotélica, al factor lo denominamos causa “variante” y se define, en general, como característica relacional que comporta variación cuantitativa en cualquier medida de un nivel funcional determinado.

Complementariamente, se asume que cada nivel o estructura funcional depende de los otros niveles funcionales y lo hace en tres órdenes que son la dependencia material, la final y la eficiente; adoptando e interpretando, a partir de la reflexión sobre la ciencia actual, las causas material, final y eficiente aristotélicas. La causa material refiere la relación de dependencia de un nivel funcional respecto a otro, que es condición para su existencia. La causa final refiere el ajuste o adaptación de un nivel funcional respecto a otro que constituye su “entorno”. La causa eficiente refiere la determinación que las funcionalidades “externas” a la analizada ejercen sobre las formas y los factores concretos de cada funcionalidad básica.

Las cinco causas consideradas en su conjunto, nos permiten hacer una representación funcional de toda la naturaleza en su funcionamiento interdependiente y en su complejidad. Lo ilustraremos, en los apartados siguientes, a partir de la representación de los fenómenos psicológicos. Aquí es relevante notar que una concepción funcional de la naturaleza substituye cosas, cuerpos, sujetos, individuos y demás conceptos elaborados con el criterio de extensión por dimensiones de movimiento o cambio que, en su esencia funcional, por decirlo en términos ontológicos, son causas; es decir relaciones funcionales que definen niveles de organización natural y relaciones de dependencia funcional que definen interdependencias entre estos niveles.

El naturalismo sería eso: una concepción primariamente funcional de la naturaleza, en la que el concepto de ‘funcional’ integra la idea de movimiento y la de causa. Concepción que, por otro lado y en una abstracción máxima, diría que todo lo que existe es cambio y que el cambio es causa. Sabemos que hablar así no es nuevo, es más: nos congratula conectar con determinados discursos. Pero ese hablar, a la luz de la ciencia actual global que hemos planteado, es la que pensamos que nos ofrece una mejor intelección de la realidad natural y esto es lo que importa.

Josep Roca i Balasch


Bibliografía

+ Roca, Josep (1997) "Movimientos y Causas: Manifiesto para una Psicología Natural". Acta Comportamentalia, Vol. 5, N° 1; pp 5-16.

4.2 Los niveles funcionales

Una de las lecciones que más aprecio del deporte es la demostración —que se impone a todos— de que un deportista o un atleta es, funcionalmente hablando, una entidad física, una fisiológica, una psicológica y una sociológica. Por eso en el estudio del deporte es normal encontrase biomecánicos del gesto, fisiólogos del ejercicio, psicólogos de la percepción y sociólogos de la actividad física y el deporte. La idea de multifuncionalidad no admite dudas cuando uno pretende entender a un deportista.

Esta multifuncionalidad, por otra parte, no tiene nada que ver ni puede, por decirlo así, ser condescendiente con la concepción dualista de la filosofía moderna y del lenguaje ordinario. La ciencia aplicada al deporte muestra como se concibe al hombre como esa integración de niveles funcionales y muestra también cuan inútil es decir que el hombre es la unidad de cuerpo y  mente.

Aquella idea de múltiples funcionalidades conecta, como ya se ha apuntado antes, con la idea aristotélica del escalonamiento de almas y con ello, creo yo, se pone de manifiesto una de las columnas teóricas fundamentales del naturalismo: la concepción de la naturaleza en términos de niveles funcionales sobrepuestos y que, desde la perspectiva de la ciencia actual, son los referidos  como niveles físico-químico, biológico, psicológico y sociológico.

Esta idea de multifuncionalidad ha sido asumida por distintos discursos pero esta asunción no ha significado —en la práctica y, particularmente, para la psicología— ni el abandono de la concepción dualista del hombre, ni del reduccionismo explicativo, ni del uso crédulo de metáforas de unos fenómenos para explicar otros. En este sentido, el objetivo de una filosofía naturalista debe consistir en desarrollar la concepción multifuncional de la naturaleza humana, de tal forma que se integre en el ideario de las culturas, con todas sus consecuencias positivas para la concepción del hombre y de la naturaleza en general.

Hay que insistir, sin embargo, que la concepción multifuncional de la naturaleza se ha desarrollado en la misma ciencia, a partir de discursos conceptuales metafóricos y que han invitado claramente al reduccionismo explicativo. Piénsese sólo en el uso de conceptos como reflejo y reacción. El concepto de reflejo se usa en óptica (física) denotando el cambio de dirección de un haz luminoso cuando choca con una superficie determinada. Se ha usado en fisiología (biología) denotando la respuesta automática de un organismo a un estimulo —caso del reflejo espinal o del reflejo incondicionado—. Se ha usado como reflejo condicionado (psicología) para denotar que se reaccione a un estímulo biológicamente impropio con base en la asociación. Y se ha usado para mostrar el funcionamiento de lo social cuando se dice, por ejemplo, que el deporte es un reflejo de la sociedad. Es evidente que reflejo es un vehiculo interpretativo que se ha aplicado a distintos tópicos y al hacerlo se ha inducido a pensar que todos los tópicos funcionan igual. Pero ahí está el problema que se debe denunciar: que se caiga victima de la metáfora y que se tomen como iguales, por denotarlos con la misma palabra o teoría, fenómenos que funcionalmente son distintos.

En el caso del concepto de reacción ha sucedido algo equivalente, pero con base en la reacción química, más que en la física. Así se ha hablado de una reacción química como una función de la materia, comportando transformación de los elementos participantes. Se ha hablado de una reacción sensorial como función ya fisiológica. Se ha hablado de una  reacción emocional en base a un condicionamiento, ya como función asociativa. Y se ha hablado de reacción en cadena, por ejemplo, refiriéndose a cambios económicos y monetarios de índole sociológica.

Es más, un concepto como el de respuesta, tan utilizado por algunos psicólogos como sinónimo de conducta, ha significado connotar esta conducta con aspectos físico-biológicos —la respuesta del arco reflejo—, cosa que le ha valido una interpretación mecanicista de conceptos como “respuesta o conducta operante” utilizados por conductistas como Skinner. Esto es así porque, aunque se quisiera indicar que se daba un fenómeno funcionalmente distinto con el adjetivo de “operante”, permanecía la idea reduccionista y de automatismo de “respuesta.”

Como hemos señalado anteriormente, reconocer la existencia del hablar metafórico en ciencia es necesario y, como decíamos, hay que admitir que debe considerarse hasta cierto punto normal que cuando tengo un fenómeno nuevo lo “hable” con palabras de uno ya conocido. Esto es lo que hizo Pavlov cuando usando el concepto de reflejo de la fisiología, lo aplica a un fenómeno que él mismo reconocía que era psíquico y, por tanto, distinto. Puede haber analogías entre las distintas funciones naturales pero la analogía no puede ocultar las diferencias funcionales.

Llegados a este punto el naturalismo hace una propuesta lógica, simple y básica: cuando hablamos de niveles funcionales distintos, tenemos que dar nombres distintos a estos niveles.

Es por ello que, autores como Kantor, propusieron que cuando se hablara de fenómenos físico-químicos, se hablara de conmutación y que cuando se hablara de fenómenos biológicos de reacción. En este sentido, también se ha propuesto que cuando hablemos de fenómenos psíquicos se hable de asociación y cuando se haga de los sociológicos se hable de convención. Conmutación, reacción, asociación y convención son descriptores genéricos y universales para todos los fenómenos que cubren, explicativa y respectivamente, aquellas ciencias referidas. Podríamos definir Conmutación como intercambio de energía entre elementos materiales con o sin transformación de los mismos. Reacción como relación de conmutaciones que significa vida, mantenimiento y reproducción, de un organismo. Asociación como relación de reacciones que significan ajuste ontogenético de ese organismo a sus entornos. Convención como relación entre asociaciones realizadas por aquellos organismos que desarrollan psiquismo.

El tema requeriría más detalle, por supuesto. Pero es relevante asumir que la lógica funcional requiere el ponerse de acuerdo, ante todo, en dar un nombre distinto a funciones distintas. Esta es la disciplina lógica que requiere la ciencia funcional o explicativa.

Josep Roca i Balasch

4.1 Los métodos científicos

La ciencia, en general, ha sido y es el grueso de lo que hemos denominado el frente naturalista a lo largo de la historia y, particularmente, en la cultura occidental. Decíamos que la filosofía naturalista se caracterizaba por la confianza en la ciencia como base del progreso de la sociedad y, evidentemente, como base del progreso del naturalismo como ideología.

Podemos tener la idea de que ‘la ciencia’, aunque solo sea por el uso en singular de ese concepto, es un universo compacto y unitario; un ámbito de profesionales con unos mismos criterios de actuación y unos mismos métodos. Es notorio, sin embargo, que la ciencia se ha construido y se construye en una diversidad de criterios y en métodos también diversos según sean sus objetivos. La importancia de identificar esta diversidad radica, por un lado, en la concepción multidimensional y multidisciplinar que se debe proyectar de la ciencia, evitando pensar que se trata de una forma de conocimiento monolítica. Por otro lado, y relevante a efectos de ver la aportación de la ciencia a la concepción naturalista, identificar distintas aportaciones de la ciencia nos permite identificar cuál es el tipo de aportación que interesa más al discurso teórico naturalista.

Mi trabajo en el mundo del deporte me permitió constatar la multiplicidad de ciencias que se ocupan de él y cómo cada una aporta algo diferenciado al estudio de esa realidad, tan relevante en el mundo actual. Publiqué un artículo sobre este tema (Roca, 1998) del cual reproduzco el cuadro resumen de la clasificación de la ciencias que allí se realiza.

Ciencias morfológicas
Ciencias funcionales
Ciencias tecnológicas
Distribución
Composición
Maneras
Calidad
Cantidad
Evolución
Geografía humana


Demografía
Antropología y narraciones históricas

Lingüística sincrónica y diacrónica

Sociología

Economía
Leyes
sociológicas
Historia
Política
Psicología diferencial sincrónica y diacrónica

Psicología
 comparada

Psicopatología



 Psicología


 Leyes
 psicológicas


Psicología
 evolutiva
Educación

Geografía
 animal
 y vegetal
Anatomía


Class.
 Zoológicas y botánicas

Descripciones
 etológicas
Biología
 Fisiología


Leyes
 biológicas

 Biología evolutiva
 y del
 crecimiento
Medicina


 Geografía
 física
Mineralogía

 Geología

Astronomía y Cosmología

Física y Química


Leyes físicas
 y químicas


Historia del universo
Informática

Ingeniería

Arquitectura
Lógica - Matemática
Disciplinas Formales

Tal y como se presenta en el cuadro están, en primer lugar y en una dimensión singular, las Ciencias Morfológicas o descriptivas. Estas ciencias tienen como objetivo el describir todo lo que hay y lo que sucede en la naturaleza. Lo hacen normalmente con tres criterios: el de cómo se hallan distribuidas las cosas en el espacio y el tiempo, el de cómo están compuestas estas cosas y el de cómo se comportan esas cosas.

La Geografía seria una ciencia descriptiva típica, con criterio de distribución, por cuanto refiere cómo y cuándo se encuentran en el territorio los materiales, las plantas y animales, los grupos humanos, las ciudades, etc. La Anatomía, sería otro ejemplo típico de ciencia descriptiva, con criterio de composición, ya que describe sistemáticamente la estructura física de los organismos, en términos de los órganos que componen el cuerpo y su posición relativa a los otros órganos. La Antropología, o también la Psicología Diferencial, sería otra ciencia descriptiva, pero atendiendo a la manera como se comportan o se han comportado los sujetos de distintos grupos o culturas. Es decir, describen las acciones que los individuos humanos y no humanos ejecutan.

Les llamamos ciencias a todas ellas porque observan y registran, de una forma más fiable, que cuando esto se hace de manera individual y sin compartir los criterios de observación.

De estas ciencias surgen, por otra parte, el diagnóstico y el pronóstico científico general, con los estudios tan útiles de tendencias, y también las clasificaciones según diversos criterios morfológicos.

Al lado de estas ciencias morfológicas están las ciencias Funcionales o explicativas. Estas ciencias tienen como objetivo definir las causas de todo lo que ocurre en todas las cosas de las que se pueda hablar, complementando la actividad científica meramente descriptiva que acabamos de definir.

La Física y la Química serian ejemplos de ciencia funcional por cuanto intentan explicar la dinámica de todos los objetos y fenómenos materiales que son identificados por ciencias descriptivas como la geografía. Así, la física y la química tratarían de explicar el porqué —las causas— de, por ejemplo, el cambio climático concreto de cada día y el general del planeta, que describe la Meteorología como ciencia descriptiva concreta dentro de la geografía general. Lo mismo sucede con la Biología: pretende explicar el funcionamiento de los organismos vivos, que otros describen en términos anatómicos o etológicos. Lo mismo sucede con la psicología funcional respecto de la psicología diferencial meramente descriptiva y también con la sociología respecto de la antropología que describe la singularidad de actuaciones en los grupos y sociedades.

Volveremos sobre las ciencias funcionales, pero lo dicho es suficiente para notar que el objetivo de la ciencia funcional es distinto y complementario a la ciencia descriptiva. Siendo distinto el objetivo, también lo es el método. En efecto, la ciencia funcional pretende explicar la dinámica que mueve los cuerpos, los organismos, los individuos y la sociedades, y no le sirve la simple anotación de lo que observa, sino que pretende buscar lo que explica por qué funciona así. Con ese objetivo habla de causas y dispone de situaciones experimentales y planteamientos teóricos tales que puedan poner de manifiesto aquellas causas.

Queda claro, en todo caso, que explicar no es igual que describir, ni en objetivo ni en método. Aunque todo sea ciencia.

Hay otro tipo de ciencia que difiere en objetivo y método. Son las ciencias aplicadas o tecnologías. Una tecnología tiene como objetivo producir cambios en un determinado universo de fenómenos, y los métodos para lograrlo pueden ser muy variados. En las tecnologías, en general, destaca la aportación de la experiencia personal al quehacer científico. Si uno piensa en un entrenador deportivo, por ejemplo, es fácil entender que, aunque actualmente hay unas bases y unos procedimientos comunes para el entrenamiento en cada deporte, cada entrenador actúa con una metodología singular, según sus aprendizajes particulares, y ajustada a las características de cada grupo de deportistas o atletas individuales. Lo mismo sucede al observar como proceden los educadores, los médicos o los políticos.

Esa singularidad en el proceder es una característica fundamental en las tecnologías en general y muestra cómo, independientemente de las informaciones que le ofrecen las ciencias básicas, descriptivas o funcionales, cada técnico construye un universo interventivo de acuerdo, básicamente, con los resultados que consigue. El objetivo, por decirlo así, de las técnicas es el de que sean efectivas para producir los cambios que se persiguen. Siendo así, el método es cualquier actuación que lo consiga, más allá de saber por qué se es efectivo. Este hecho de centrarse en la efectividad más allá de su intelección es la característica fundamental de la tecnología. Lo es tanto que, muy a menudo, el tecnólogo desconoce la manera como su intervención produce el efecto deseado. Lo vemos en la medicina cuando ha utilizado medicamentos o procedimientos en enfermedades mentales, como el electroshock, de los cuales no se sabe, a ciencia cierta, cómo actúan. La singularidad de los objetivos tecnológicos se muestra todavía con más fuerza cuando se observa que los tecnólogos pueden explicar los efectos de su intervención o tratamiento con teorías completamente falsas y ello no les quita ningún mérito. Es más, el centramiento en los resultados de su intervención puede que acabe justificando o potenciando una descripción subjetiva de lo ocurrido, inaceptable para una disciplina morfológica o funcional propiamente científica.

Las tecnologías, en todo caso, tienen un método doble: inventan procedimientos e instrumentos para intervenir en ámbitos diversos pero, a la vez, tienen el reto de entender mejor como funcionan esos procedimientos e instrumentos para ser más eficientes. En este sentido, el diálogo funcional tecnológico es algo que se impone en la ciencia moderna.

Estos tres grupos de ciencias comparten unos principios que son los que, de alguna manera, justificarían el hablar de ciencia en singular. Estos principios son los que se expresan bajo el concepto de disciplinas formales y se presentan, en el cuadro clasificatorio reproducido más arriba, como básicos o comunes a todas las ciencias.

Las disciplinas formales no son ciencias, porque no producen conocimiento descriptivo, explicativo o tecnológico. Son instrumentos conceptuales para producirlo y, por supuesto, son comunes a todas las ciencias. Las disciplinas formales básicas son la lógica y la matemática.

La lógica procura el ordenamiento discursivo para que se pueda describir, explicar o intervenir de tal manera que el conocimiento que se obtenga sirva al progreso de la ciencia. De una forma general se puede decir que la lógica aplicada a la ciencia consiste en dar el mismo nombre a cosas —formas, funciones o intervenciones— que son iguales y dar un nombre distinto a las que son diferentes. Es decir, según los objetivos de los tres tipos de ciencia descritos, acordar qué nombre se da a cada objeto de estudio y con base en qué se distingue de los demás. Es por ello que lo común a los tres tipos de ciencia es contrastar para decidir que nombre se da a cada morfología, función o intervención. Esta contrastación en ciencia debe ser pública, es decir, debe realizarse de forma tal que cualquier individuo pueda participar de ella. Siendo así, el conocimiento científico aparece con esa fuerza que le da el que aquello que se observa, explica o se ejecuta, sea algo que se impone a todos.

La matemática, por su parte, es una convención y un conjunto de acuerdos sobre la unidad y los números. Estos acuerdos son igualmente relevantes para asegurar el acuerdo y la medida —sea esta descriptiva, funcional o tecnológica— y para confirmar la imposición de los resultados sobre el pensar colectivo.

Dado que los tres tipos de ciencia planteados comparten el objetivo general de la ciencia, que es el de hacer aportaciones novedosas sobre la naturaleza a la cultura humana, la idea de descubrimiento es connatural a la ciencia. En este sentido cabe considerar la manera singular como los tres tipos de ciencia concretan la idea de descubrimiento.

La ciencia morfológica ha generado el sentido básico del concepto de descubrimiento, que consiste en hallar y referir adecuadamente algo nuevo o desconocido: un nuevo territorio, una nueva planta o animal, un nuevo músculo, un instinto singular, un saber específico o una cultura remota.

En las ciencias funcionales, el sentido del concepto de descubrimiento es otro: es mostrar una relación funcional nueva y relevante para la explicación mejor de un fenómeno o del funcionamiento de una cosa, organismo, individuo sociedad. En este sentido destaca la tarea de demostrar diferencias funcionales, los factores que las afectan y todo el entramado de interdependencias funcionales que cabe considerar, dada la realidad compleja e integrada de toda la naturaleza.

La lógica de descubrimiento tecnológico presenta, por su parte, dos aspectos relevantes: el de formular nuevos procedimientos para actuar sobre una temática concreta y el de procurar, como decíamos, una mejor explicación de lo que se está haciendo.


Llegados a este punto, hay que convenir en que de cara a conseguir una concepción teórica ajustada a la naturaleza, el tipo de ciencia que conviene desarrollar es la ciencia funcional, ya que es la que nos va a dar la explicación de cómo funciona aquella y es la que va a permitir descartar creencias irracionales y racionales, y pseudoexplicaciones en general, y es la que va a fundamentar mejor las tecnologías.

En todo caso, hay que decir que las teorías funcionales no las hacen con propiedad ni las ciencias morfológicas, ni las tecnológicas, ni las disciplinas formales. Las teorías funcionales las hacen las ciencias funcionales —es obvio— al desarrollar el entramado causal de lo natural.

Centrados en las ciencias funcionales, el tema que se plantea es cómo desarrollar la lógica de ese tipo de ciencia. Si decimos que lógica, en general, es dar el mismo nombre a cosas que son iguales y un nombre distinto a las que son diferentes, el tema que se plantea como clave es: con qué criterio hablo de lo que es igual o lo que es distinto cuando hablo de causa, y con que criterio digo que una causa es distinta a otra. Éste es sin duda el tema lógico fundamental de la ciencia y de la concepción filosófica naturalista.

Josep Roca i Balasch

Bibliografía

+ Roca, Josep (1998) "Ciencias del Movimiento". Acta Comportamentalia, Vol. 6 Monográfico; pp. 45-58.

Sección del capítulo:

3.4 Creencias irracionales y creencias racionales

Es necesario afirmar, de entrada, que la evolución de la ciencia ha hecho que cada vez sea menos probable que la gente tenga creencias sobre los fenómenos físicos y químicos, o sobre los biológicos. Que la tierra es redonda, que somos sólo un planeta más en el universo, que el sol es un astro en una determinada combustión, que los terremotos son resultado de choque de bloques con los que está formada la tierra y tantos otros fenómenos explicados por la física, ya no admiten creencia. Tampoco admite creencia que somos una especie animal que ha evolucionado de una determinada manera, que no fuimos creados de la nada, aunque algunos quieran últimamente restituir esa creencia ancestral. No admite creencia tampoco que determinadas enfermedades nos hacen perder el juicio, que nos alteramos profundamente por el efecto de la ingesta de drogas, sin que se crea que el alterado adquiere un saber sobrenatural o que contacta con el extra mundo. Las llamadas ciencias naturales se han delimitado precisamente por haber eliminado la creencia de su universo de estudio. Quedan muchas cosas por saber pero no se postula el misterio para ese universo de cosas que se explican a nivel físico-químico o a nivel biológico.

Ahora lo que tenemos son muchas creencias sobre los fenómenos psicológicos y sobre ellas se postula todavía el misterio. Hay, por decirlo así, una concentración de creencias sobre lo psíquico. Es decir, dado que no hay un saber científico contrastado sobre lo psíquico se generan todavía pseudoexplicaciones y suposiciones sobre el universo de fenómenos que denota aquel concepto. Es por ello que el naturalismo debe de centrarse, en los tiempos actuales, en los fenómenos psíquicos.

Las creencias irracionales sobre lo psíquico tienen fuentes diversas. La religión y el humanismo, en todo caso, juegan un papel relevante en su mantenimiento.

Hay una primera creencia que induce al mantenimiento del misterio: la creencia en el alma inmortal. No es ocioso decirlo ya que, por ejemplo, la tradición teórica occidental ha venido aceptando este dogma de fe, cuando no se ha declarado directamente creyente en esa verdad y en todas las demás del dogma católico o cristiano. Piénsese, sin más, en el hecho que existen por ejemplo universidades confesionales y lo que ello significa a efectos de dialogo científico y progreso en el conocimiento en los temas humanos. El concepto de alma, además, introduce actualmente la idea de una parte natural y una sobrenatural en la especie humana y ello hace imposible un tratamiento científico creíble a los que plantean que aquella dualidad es incuestionable. Como decíamos anteriormente, muy a menudo, los defensores de esa dualidad afirman que en el hombre, como especie, hay un ‘algo más’ intangible, trascendente, ignoto e inalcanzable al conocimiento. El humanismo —desde su inició que se data a partir de la idea de Séneca de que lo más sagrado para el hombre es el mismo hombre—, siempre ha simpatizado con esa idea de que en el hombre hay algo más que en el resto de los animales, aunque no quede claro en qué consiste este ‘algo más’. Sea como sea, es la idea de superioridad y diferencia que sitúa a la especie humana en un plano, más o menos etéreo, de sobrenaturalidad.

Tampoco es ocioso comentar la enorme relevancia que las sociedades actuales dan a conceptos explicativos de la conducta humana y que surgen no tanto de la religión como de la superstición y de supuestos culturales tradicionales. Piénsese en la astrología, los biorritmos, las energías, los espíritus y tantas otras formas de creencia en las que la causa de la conducta de los individuos se postula en la posición de los astros, o en fuerzas ocultas y misteriosas. Hace poco, comía en un restaurante de Barcelona y una señora inicio un discurso que fue seguido con perplejidad pero sin interrupción por los presentes, sobre la necesidad de disponer y manejar siempre las cosas de tal forma que todas ellas —el cuerpo, las mesas, los platos, los vasos y demás— condujeran siempre la energía del sol hacia el interior de uno mismo, a fin de recibir el máximo acopio de energía para afrontar con fuerza la vida, con todas sus dificultades y penas… Lo digo para mostrar que, en el aquí y el ahora, las creencias irracionales forman parte de la llamada cultura popular y de la vida cotidiana.

Como un estadio pre racional, por otra parte, todavía están presentes los prejuicios sobre la procedencia de determinadas capacidades humanas que nos hacen postular la existencia del talento o la genialidad, como facultades previas y causantes del rendimiento extraordinario de determinados individuos. Lo vemos en ámbitos como el deporte, la música o el arte en general, donde se postula una capacidad que claramente se supone inaccesible al conocimiento o, en el mejor de los casos, se supone que es innata o genética, realizando una reducción explicativa flagrante.

Por si este universo de creencia irracional no fuera suficiente, el conocimiento generado a partir del dualismo cartesiano y de la razón alejada de la realidad de las cosas, ha añadido nuevas creencias, creando una atmósfera conceptual irrespirable para un naturalista que quiera ocuparse de los fenómenos psíquicos. Esas creencias que debemos llamar racionales, ya que surgen del discurso racional y no de la fe ni de la tradición espiritista, han surgido del uso de las metáforas y de los tropos en general. Por eso, a mi entender, ha sido tan relevante para establecimiento del naturalismo filosófico la aportación de los filósofos del lenguaje citados anteriormente.

Turbayne criticaba la adopción del modelo de máquina por parte de Newton y Descartes. Los monigotes automáticos del jardín de Versalles y los relojes fueron el vehículo interpretativo para hacerse una idea de cómo debían funcionar corpóreamente el hombre y los animales. El modelo o vehiculo interpretativo de automatismo, o de máquina precisa que es el reloj, se trasladó a la realidad mental, de lo que es una muestra La Mettrie hablando del hombre máquina, directamente, con una explicativa maquinal de los procesos del cuerpo y de la mente, iniciando el reduccionismo materialista. Pero hay que recordar la teoría del paralelismo psicofísico que consistía en afirmar que el cuerpo y la mente actuaban como dos relojes que eran distintos pero que funcionaban sincronizados, pensando que así se resolvía el tema de la conexión cuerpo-mente.

Los modelos de máquina y el tema de la conexión mente cuerpo no se acabó aquí. Freud utilizó vehículos interpretativos procedentes de la física como son la cámara de presión, la válvula de retención o escape, cambio de estado —de gaseoso a líquido, por ejemplo— y otros conceptos para representar el inconsciente, el mecanismo de censura, o la sublimación.

Sin duda que el modelo más utilizado para interpretar los fenómenos mentales maquinalmente ha sido el ordenador. La idea cognicitivista, según la cual había que poner algo entre el estimulo y la respuesta de los conductistas, generó una serie de especulaciones basadas en los mecanismos de recepción y ejecución de los ordenadores. Se habló, de hecho todavía se habla, de conductos por donde fluyen las informaciones, de centros de procesamiento, de centros de decisión, de centros de memoria y de toda suerte de sitios donde tienen lugar los procesos básicos de aprender, recordar, analizar, atender y concentrarse, decidir, y de todo lo que haga falta. Está claro que los que hablan así, son victimas de la metáfora y del lenguaje basado en el criterio de extensión.

De hecho, la metáfora mecánica del ordenador es relevante porque ha generado actitudes creyentes en el quehacer teórico científico sin que exista una crítica que las anule. Lo que se vende —lo que el común de la gente entiende, diría Maimónides— es ese hablar en términos de cuerpos con facultades internas. Pero el tema es que esto no lo ha generado la religión sino el discurso racional que supone que el hombre, como especie, tiene unas facultades que no tienen los animales y que estas facultades son internas y que están dentro de la cabeza.

Hay otros ejemplos de la adopción del modelo de máquina y de la generación de especulaciones y creencias psicológicas. Uno de los más actuales y también delirantes es el del «cronómetro biológico». Con este vehículo interpretativo se quiere explicar el hecho que los animales y los humanos muestran regularidad en su funcionamiento orgánico y en sus hábitos. Ante el tópico de la regularidad y la precisión se retoma el vehículo del reloj —con la idea de máxima precisión que da el cronómetro— y se especula sobre la existencia de este cronómetro en un sitio. Es más, el convencimiento y la fe en su existencia es tan grande que existe una competición científica que consiste en ver quién es el primero que lo encuentra. No lo invento. He visto un programa de divulgación científica sobre esto. No puedo dar su referencia pero ese convencimiento de los científicos —biólogos y psicólogos, mayormente— se ha traspasado rápidamente al repertorio cientificista popular de tal manera que es prácticamente imposible encontrar a alguien que dude de la existencia del reloj biológico.

Entiendo que está claro que el hecho de que «el caer víctima de las metáfora» del que hablaba Turbayne —el creer que los vehículos interpretativos substituyen los tópicos interpretados y el creer que los vehículos interpretativos existen realmente como tales— es un tipo de discurso creyente y confesional. Discurso definitivamente contrarios a un proceder naturalista.

Josep Roca i Balasch

3.3 El mito de la metáfora

El mito de la metáfora (1974) es un libro de C.M. Turbayne (1916-2006) que ha resultado muy sugerente de cara a superar la confusión conceptual de la psicología. Ello es así porque analiza el funcionamiento del hablar metafórico y, particularmente, el hecho de «caer víctima de la metáfora», como decía él mismo; cosa de un interés primordial para entender la actual teoría psicológica y sus problemas. La definición de partida de 'metáfora' es la de Aristóteles: «La metáfora (meta-phora) consiste en dar un nombre a una cosa que pertenece a otra cosa, produciéndose la transferencia (epi-phora) del genero a la especie, o de la especie al género, o de la especie a la especie, en base a la analogía» (p. 23). En una metáfora está, de un lado, el tópico que es aquello de lo que se quiere decir algo, y del otro, el vehículo que es aquello que se dice del tópico. Así, si yo digo «este defensa es un armario», el tópico es 'defensa', y el vehículo 'armario'. Está claro que es en base a la analogía que digo una cosa de otra muy distinta, pero lo digo para enfatizar o mostrar aspectos relevantes del actuar de un defensa —un defensa grandote, cuadrado, inamovible, etc.—. Está claro también que, hablando así, nunca puedo pretender substituir el ser un defensa por el ser un armario.

Argumenta Turbayne que la metáfora no se distingue, desde el punto de vista lógico, del tropo que es «el empleo de una palabra o frase en un sentido diferente al que le es propio» (p. 23) cosa que incluye la sinécdoque que es la transferencia de genero a especie o viceversa, la metonimia que es el dar un nombre a una cosa que es un atributo o cualidad, la catacresis que es dar a un nombre de una cosa a otra que no tiene nombre, y la metáfora que es dar a una cosa que ya tiene nombre propio, un nombre que pertenece a otra cosa en base a la analogía. Posteriormente a estas definiciones Turbayne toma las ideas de Ryle sobre la cruza de especies y acaba dando una idea general de la metáfora para el análisis de contenidos psicológicos, diciendo que «el empleo de la metáfora implica, tanto la conciencia de la dualidad de sentido, cuanto la simulación de que los dos sentidos diferentes son uno solo» (p.30). Es en base a este concepto amplio de metáfora que Turbayne afirma, por ejemplo, que Freud, Platon y Descartes confundieron sus interpretaciones de las los fenómenos que pretendían representar con los fenómenos mismos, cayendo víctimas de sus metáforas. Es de destacar en este sentido que la metáfora de la que han sido victimas autores destacados de nuestro pensamiento occidental, como Newton, Descartes o Freud, han sido las que han utilizado la máquina como vehiculo para interpretar sus tópicos de interés.

Para la psicología, el observar cómo se han utilizado metáforas mecánicas para fenómenos que no lo son, es sin duda un tema clave. Pero es que hay otros tipos de metáfora que también son relevantes en la ciencia y, en este ámbito, la cuestión se plantea en términos de modelos teóricos que son utilizados para describir o explicar fenómenos distintos a los que sirvieron para crear el modelo. Por ejemplo, tomar el esquema de reacción orgánica y el discurso en términos de estímulos y respuestas, como modelo para la asociación psíquica, cosa que hizo en general el conductismo. Por eso me parece interesante terminar esta reflexión, citando a otro filósofo del lenguaje: Isaiah Berlin (1909-1997), quien abundó en esa idea de que un tema clave en la creación de confusión conceptual consiste en aplicar palabras y modelos teóricos allí donde no corresponde. Textualmente dice: «gran parte de la desdicha y de las frustraciones de los hombres se debe a la utilización mecánica o inconsciente, lo mismo que a la utilización deliberada de modelos allí donde no corresponde» (1983, p. 41).

Dado que el naturalismo lo que pretende es ajustar el conocimiento a la realidad, es normal que tenga como tema clave el observar como se han aplicado modelos teóricos donde no corresponde y como esto ha significado crear confusión y desconocimiento más que conocimiento.

Habrá que ver también por qué se han realizado “tantas cruzas de especie” teóricas; es decir, por qué esto ha sido una constante en la ciencia. Quizás tiene su razón cognoscitiva de ser que los pasos iniciales para la comprensión de un fenómeno nuevo, o no planteado previamente, sea el hacerlo en términos de modelos usados para fenómenos conocidos. Otro buen ejemplo de ello es que se hablara de reflejos, como hizo Pavlov, para fenómenos que no eran reflejos; aunque se especificaba que eran reflejos de otro orden.

Lo que es inaceptable para una ciencia naturalista es que los vehículos interpretativos y los modelos de fenómenos impropios se instalen como concepción de los fenómenos nuevos y propios. Y por el hecho de afirmarse que son nuevos, pensarse que la manera de hablar de ellos también es nueva.

Josep Roca i Balasch

Bibliografía

+ Turbyne, C.M. (1974 [1970]) El mito de la metáfora. México: FCE.
+ Berlin, I. (1983 [1950]) Conceptos y Categorías. México: FCE.

3.2 Psicología: confusión conceptual

Hay algo en común entre los filósofos del lenguaje que voy a referir en este seminario: les interesaba la psicología. Mi valoración es que les interesaba la psicología porque era la ciencia que podía resolver problemas tradicionales de la filosofía. Es también mi interpretación que ellos pensaban, de alguna manera, que el progreso del conocimiento pasaba por el desarrollo de aquella ciencia.

En el caso de Wittgenstein (1889-1951), es destacable su crítica al estado de confusión de la psicología que viene tan bien planteada con esta frase: «Y es que en la psicología hay método experimental y confusión conceptual» (1983 [1958], p.387). También es destacable que, aunque todos los psicólogos nos hemos percatado de este estado, no parece que como colectivo estemos dispuestos a modificarlo. Lo soportamos como podemos, y una manera de soportarlo es decir que la psicología es multiparadigmática. O sea, nos sentimos tan impotentes ante aquel estado confusionario de cosas, que acabamos pensando que es su estado natural y que no puede haber un cambio hacia un estadio de mayor coherencia conceptual. Pero este fue, precisamente, el objetivo de filósofos como Wittgenstein o Ryle.

En el caso de Wittgenstein me parecen especialmente remarcables sus críticas a la suposición de que en el habla existen dos mundos: un mundo de decisión e intención —interno y mental— que da sentido a las manifestaciones guiadas—externas y conductuales.
Esas son algunas de las perlas de su pensamiento:

Ver, escuchar, pensar, percibir, querer, no son objetos de la psicología en el mismo sentido como los movimientos de los cuerpos, los fenómenos eléctricos, etc. son los objetos de la física. Esto lo puedes ver a partir del hecho que el físico ve estos fenómenos, los siente, reflexiona sobre ellos, nos los comunica, y el psicólogo observa las manifestaciones (el comportamiento) del sujeto (p. 264, de la misma obra citada más arriba.


Impecable, de cara a mostrar esa supuesta realidad de doble fondo a la que nos abocó el dualismo cartesiano. Pero hay un aspecto relevante en este texto: la idea que el comportamiento es una manifestación de algo que el sujeto hace. Es, a mi modo de ver, una crítica a lo que se llamó conductismo metodológico según el cual la conducta manifiesta se estudiaba, no como algo analizable en si misma, sino como medio de llegar al sujeto—sujeto mental, cognoscitivo, consciente o lo que fuera.

En otro sitio Wittgenstein afirma: «Nuestro error consiste en buscar una explicación allí donde deberíamos ver ‘fenómenos primitivos’» (1983, p. 285). Esto lo afirma refiriéndose al lenguaje pero es, a la vez, el error general de la psicología dualista: pensar que la conducta es sólo la manifestación de un algo que no se ve y que produce la conducta.

Otros de estos pensamientos cortos con los que construyó su aportación filosófica y que sigue en la línea argumental de los anteriores fueron estos:

Una y otra vez surge la idea de que lo que vemos de los signos es tan sólo la cara externa de un interior donde tienen lugar las operaciones propias del sentido y de la referencia (1985 [1967], p. 28).

El conocimiento no se traduce en palabras, cuando se expresa. Las palabras no son ningún tipo de traducción de ningún tipo de cosa que ya estaba allí antes que ellas (Íbid., p. 36).


Ni qué decir tiene que estas frases referidas al lenguaje son una base fundamental para la construcción de una psicología naturalista, ya que naturalizan, valga la redundancia, el lenguaje al dejar en evidencia lo insostenible de la suposición de que existe ‘un algo’ que lo produce y lo guía. Pero es que, además, da esa idea de que una teoría psicológica ha de ser una teoría que mantenga correspondencia con la realidad del habla individual y no ha de ser una teoría sobre entidades supuestas que lo generan.

Me parece oportuno insistir nuevamente en que, para el enfoque psicológico que veremos más adelante, no es lo mismo —funcionalmente— el habla individual que el lenguaje social y que en esta distinción lingüística tradicional se halla la base para ofrecer una teoría suficiente de lo que tradicionalmente llamamos el sentido de las palabras y el entendimiento humano.

La obra de Wittgenstein sobre el lenguaje es realmente impresionante. Es también relevante para la construcción de una psicología y una filosofía naturalistas, ya que se trata de una reflexión que quiere poner de manifiesto, y lo consigue, que existe un embrujo persistente desde la aceptación de la existencia de una dualidad alma-cuerpo o mente-cuerpo. Es el embrujo por el cual se supone y se acepta, sin crítica, que lo que el cuerpo hace es algo guiado por una entidad paranormal o paranatural y que el conocimiento más que ocuparse de los fenómenos primarios que observa, debe ocuparse de algo oculto que los produce. Entiendo que por eso dice:

La filosofía es una lucha contra el embrujo de nuestro entendimiento que se ha hecho por medio de nuestro lenguaje (1983, p. 119).


Josep Roca i Balasch

Bibliografía

+ Wittgenstein, L. (1983 [1958]) Investigacions Filosòfiques. Barcelona: Laia.
(1985 [1967]) Zettle. México: UNAM.

3.1 El concepto de lo mental

El título de este apartado remite al de un libro muy valorado entre los psicólogos con preocupaciones teóricas. Particularmente por poner en evidencia el dualismo mente-cuerpo, como institución cognoscitiva que preside su universo científico.

G. Ryle (1900-1976) publicó The concept of mind en London: Barnes and Noble (Harper and Row) en 1949. Una de las páginas más citadas es la que refiere la situación supuesta en la que un guía que muestra dónde están los distintos edificios de una universidad, es preguntado por uno de los visitantes sobre dónde está la universidad. La universidad, dice Ryle, no es una realidad que pueda decirse en términos corpóreos o extensos; es una realidad funcional que escapa y se vuelve inaccesible a los conceptos de extensión. En esto, está claro, coincide con Maimónides cuando decía que hay realidades que no pueden ser dichas con esos conceptos, aunque el común de la gente los necesite y los prefiera.

Esta página del libro de Ryle nos ha sugerido, a todos, que la psique debe ser abordada con conceptos equivalentes a los que permiten observar el funcionamiento de una universidad. Nos ha sugerido también que hablar de lo psíquico en términos corpóreos es espurio y ridículo. Claramente: decir que la mente está en la cabeza seria como decir que la universidad está en el rectorado. Y decir que la mente es un producto del cerebro seria tanto como decir que la universidad es producto del consejo rector.

Esto no debería ser inconveniente, sin embargo, para decir que yo puedo hablar de la universidad como una serie de edificios que ocupan una extensión en el territorio, a la vez que puedo hablar de la universidad como una organización para producir conocimiento, con un funcionamiento específico a tales efectos. Es decir, a mí, el texto de Ryle me ha servido también para reforzar la idea de que existen dos criterios —como mínimo— con los cuales puedo hablar de la realidad [énfasis del editor]: con el criterio de extensión, de un lado, y con el criterio de funcionalidad, movimiento o comportamiento, del otro. Los lenguajes organizados con estos dos criterios pueden coexistir pero, de hecho, constituyen concepciones distintas de las cosas, tanto a nivel concreto como a nivel más general. Así, si yo me pregunto desde una perspectiva ontológica, que es lo que mejor define la universidad, o cual es su esencia como objeto del conocimiento, dependiendo del criterio de habla, van a salir inevitablemente dos conclusiones. Con el criterio de extensión o corporeidad se tenderá a decir que la universidad es un sitio donde se produce conocimiento; al decir sitio o lugar, casa, recinto o complejo urbanístico, dejo la producción del conocimiento como algo indefinido y que fácilmente puedo describir como capacidad o potencialidad que tiene en su interior la universidad y que es claramente una cosa distinta a los edificios y a todos los elementos del recinto. Así debió de proceder Descartes cuando decía que el hombre era una 'cosa extensa' y, a la vez, una 'cosa pensante'.

Con el criterio de movimiento o funcionalidad, la universidad se definiría directamente como una forma de organización social que produce conocimiento. Su esencia es ésta, es real y aprensible. No cabe, en este caso, suponer realidades espectrales para explicar lo que hace o produce.

En el póster Psychological criteria, categories and concepts se muestra cómo pueden coexistir estos dos lenguajes en la ciencia psicológica, pero a la vez muestra que uno debe asumir las consecuencias de hablar en estos dos lenguajes y las 'cruzas de especie' que se hacen creando confusión. Que existen estos dos lenguajes no debería cuestionarse. Es más, la cultura y la misma ciencia admiten esas dos maneras de hablar. El primer lenguaje, el basado en el criterio de extensión, es el lenguaje ordinario y el científico descriptivo y tecnológico. El segundo lenguaje, el de movimiento, es el que asume o debería asumir, la ciencia funcional.

Interesa destacar, en todo caso, la crítica de Ryle a la realidad de doble fondo a la que nos abocaron Descartes, con su idea de que lo mental era lo que producía el hablar inteligente, o Kant, en el caso del concepto de noúmeno, con su idea de que existía una entidad conocedora previa y ajena a la experiencia sensible. Decía Ryle: «cuando describimos a la gente ejerciendo cualidades de la mente, no estamos haciendo referencia a episodios ocultos de los cuales son efectos los actos o expresiones vistas, estamos haciendo referencia a estos actos y expresiones en ellas mismas» (p. 25, de la obra citada más arriba).

No creo que haya ninguna duda respecto del planteamiento de que la inteligencia —que es el acto de entender— no es algo que esté detrás del hablar sino que es el mismo hablar, siendo inteligente en mayor o menor grado. Dicho en otras palabras: este libro de Ryle es una de las obras que nos dice que naturalismo es estudiar el lenguaje y el habla, y que es absurdo pensar que llegaremos a la inteligencia hurgando en un más allá oculto, interno, previo a ese mismo lenguaje social y habla individual.

Ryle se centra en la inteligencia y en el entendimiento humano pero los fenómenos a los que potencialmente puede llegar su discurso son más amplios; son todos los fenómenos psíquicos. Por ejemplo, en el tema de la percepción, se ha especulado sobre una entidad que analiza y procesa los datos sensoriales o se ha dicho que el cerebro mismo lo realiza y surge —como un producto espiritual de ese órgano— la percepción. Lo que se ha llegado a decir en psicología de la percepción en este sentido ha llegado a niveles de formulación espiritista tales que ya no vale la pena ni citar. Nos resulta ahora más propio y adecuado el pensar que el fenómeno a analizar es el percibir, que eso es lo que hay y que está ahí como algo mucho más real que las entidades y procesos que se supone que lo producen. Lo único que hace falta es adoptar un criterio funcional para explicar la percepción. Eso es lo que debe hacer la psicología científica. Si lo hace, las consecuencias para la filosofía y la cultura, en general, serán relevantes.

A Ryle, le tildaron de conductista por decir cosas como las que acabo de referir. No es un mal calificativo. De hecho, le sitúa en este frente naturalista que ha habido a lo largo de la historia y, concretamente, en el del siglo XX al lado de Pavlov y seguidores, y al lado de los psicólogos conductistas.

Josep Roca i Balasch

Bibliografía

+ Roca, J. Psychological criteria, categories and concepts. En línea: Liceu Psicològic
+ Ryle, G. (1949) The concept of mind. London: Barnes and Noble (Harper and Row).

Sección del capítulo:

2.3 El Habla

El haber puesto el concepto de habla como último descriptor —después de Fe y Razón— de un criterio alternativo de conocimiento, merece una mayor justificación que la hecha en el apartado anterior. De hecho, considero el tema del habla como el tema nuclear del naturalismo, cuando se aplica a la filosofía y la psicología. Esto es así porque, desde el punto de vista naturalista, lo que se llamó primero “res cogitans” y posteriormente “mente”, es habla. Es decir, una funcionalidad que consiste en usar individualmente al lenguaje social. Veremos esto con más detalle, más adelante. Aquí lo relevante es afirmar que hablar es una funcionalidad, una dinámica, un comportamiento o una animación; conceptos que, a los efectos que nos proponemos, son sinónimos. Y que en el centramiento en ese fenómeno del habla individual se halla la posibilidad de superar planteamientos tradicionales alejados de la realidad de las cosas.

Decimos, en este sentido, que son hablar el pensar, la razón y la mente. La filosofía dualista cartesiana y la filosofía moderna, en general, lo que hicieron fue desnaturalizar el habla y volverla un fenómeno fantasmagórico que ocurría en un lugar ignoto. Con ello empezó la separación de los fenómenos psíquicos de los fenómenos naturales y su espiritización. Con ello también empezó la reducción explicativa por la cual lo mental es un producto de la actividad cerebral. Reducción que, como ya se ha dicho, es otra forma de desnaturalización. Lo voy a ilustrar con el pensamiento de otro de los grandes nombres del naturalismo filosófico, a mi manera de ver. Me refiero a Maimónides (1138-1204).

Este sabio medieval, más allá de su pertenencia al judaísmo, generó una serie de reflexiones teóricas y conocimientos prácticos que tiene en común el generar una impresión de autenticidad. Es decir que son formulaciones que se presentan como apegadas a la realidad de las cosas, sin artificio y con profundidad cognitiva.

Decía Maimónides (1986 [1190]):

«Todo movimiento que ocurre en el mundo tiene como primer principio el movimiento de la esfera; y toda alma de todo lo que en este mundo tiene animación, tiene como principio el alma de la esfera. Hay que decir que las fuerzas que provienen de las esferas en este mundo son: la fuerza que origina la mezcla y la composición, y que es suficiente para la composición de los minerales; otra fuerza que da alma vegetativa a las plantas; otra fuerza que da alma vital a los vivientes; y otra fuerza que da la facultad del habla a los seres racionales» (p. 115)


El texto ilustra la idea aristotélica del escalonamiento de almas en la naturaleza que ha sido y es la alternativa al planteamiento dualista que tenemos del hombre y de la naturaleza en general. Está claro que aquella visión se presenta como plenamente naturalista al lado del dualismo cartesiano y todo el embrollo conceptual que se ha generado a partir del él. Pero quiero destacar el tema del Habla: la facultad del habla es la que vuelve distintos a los humanos. No la facultad de pensar, ni de razonar o de discurrir cognitivamente. Tampoco la mente, ni la razón, ni la conciencia, ni otras entidades derivadas de la “cosa pensante”. El Habla es la funcionalidad que interesa estudiar desde una perspectiva naturalista y con esa perspectiva retomar críticamente aquellos conceptos tan relevantes de la psicología y la filosofía.

Es interesante notar que el traductor de este texto de Maimónides reconoce que ha cambiado “facultad del habla o del hablar”, que está en el original, por facultad de la razón, por argumentos que no da. Es interesante notarlo porque pone de manifiesto cómo tenemos asumida la existencia de entidades mentales y cómo esta institución cognitiva de lo mental actúa como un deformador inconsciente y automático de nuestro análisis de los fenómenos reales.

¿Por qué de algo tan real como el habla se pasó a todas aquellas entidades especulativas y desnaturalizadoras? El mismo Maimónides nos da un principio de explicación: «Y queriendo significar que existe, lo han descrito con atributos que indican corporeidad; ya que el común de los hombres no concibe otra existencia que no sea la corporal. Todo lo que no es un cuerpo o no está en un cuerpo es para ellos como si no existiera» (p. 85, de la obra citada más arriba).

A la luz de este texto, se puede decir que la conversión de la realidad del hablar en mente, razón, conciencia y otras, obedece, en primer lugar, a un deseo de afirmarlas. Correcto. Pero esto se hace convirtiéndolas en cosas, reificándolas o corporeizándolas, o diciendo que se hallan dentro de estas cosas o cuerpos. Fatal.

Este proceso desnaturalizador iniciado, históricamente con Descartes (1596-1650) ha tenido grades consecuencias para el pensamiento occidental. Primero, por la creación de esa entidad espectral mental pero, segundo, por todas las consecuencias en la definición de una ciencia como la psicología, y luego por ese reduccionismo biologista por el que se afirma, sin ningún pudor intelectual, que aquella mente es el producto de la actividad nerviosa. Igual como sucedía en la teoría dualista cartesiana, no se sabe cómo sucede eso de que el cerebro produzca la mente; se afirma y se sostiene pensando que eso no hace ningún daño, cuando el daño es definitivo: no permite acceder a la “naturaleza de la realidad” de la psique humana —para decirlo con una expresión típica de Maimónides.

Josep Roca i Balasch

Bibiliografía

+ Maimónides (1986 [1190]) De la 'Guia dels perplexos' i altres escrits. Traducción de Eduard Feliu, Barcelona: Laia.

2.2 Fe, Razón y Habla

Lo relevante de la distinción entre dios, hombre y naturaleza, como temas culturales, es que el centramiento de cada civilización, en cada uno de estos temas, ha justificado bases bien distintas para dar por válido un conocimiento. La creencia en dios ha justificado la revelación y la fe como base del conocer. El supuesto de que el hombre es un ser distinto al resto de los seres mortales, ha justificado la razón “clara y distinta” como base del conocer. La concepción naturalista, justifica que el lenguaje como convención social y el habla como funcionalidad psíquica son la base del conocimiento.

Comte (1798-1857) es el autor de aquella distinción entre los tres estadios o fases sobre la marcha de la civilización: el estadio teológico, el estadio metafísico y el estadio positivo. En el estadio teológico privaba el conocimiento impuesto por la fe, en el estadio metafísico la razón se convertía en el nuevo criterio y en el estadio positiv0 era la evidencia de los hechos lo que debía fundamentar el conocimiento de una civilización. Es justo reconocer que con esta clasificación, que Comte denominó «ley de los tres estadios», se identifica una tendencia histórica fundamental en nuestra cultura: la que va de la creencia a la demostración de lo que se afirma y se dice. Esta tendencia es la que desemboca en el naturalismo.

El positivismo significo una justificación de las ciencias que trataban los cuerpos “brutos” —Astronomía, Física y Química— y las ciencias que trataban de los cuerpos “organizados” —la Fisiología y la Física Social—. De la física social hablaba como de un ciencia en estado de tentativa, y de la fisiología, que incluía fisiología vegetal y animal, tomó las ideas de investigadores como Claude Bernard (1813-1878) para hacer la propuesta de que, el discurso que se contrasta con hechos y evidencias, es el discurso fundamental del conocimiento en una civilización avanzada. Esa idea forma parte de la concepción naturalista actual del conocimiento. Comte, además, refería que la ciencia debía ser la base fundamental para la construcción de ese conocimiento, cosa que también constituye uno de los aspectos de la definición contemporánea de naturalismo filosófico, como hemos visto anteriormente.

El camino estaba marcado aunque la propuesta —no podía ser de otra manera— quedaba corta para un planteamiento de temas claves como es el de la concepción de la psique humana. Más concretamente, no se afrontaban temas como el de la percepción, ni el del entendimiento, ni el de la cognición; temas que podían contribuir a una visión naturalista de una realidad separada —la “res cogitans”— marcada por el dualismo cartesiano. Comte no hablaba de Psicología, ni tan sólo figuraba en su clasificación de las ciencias. En su lugar hay un apartado dedicado a la «Fisiología intelectual y afectiva» en la que la reducción explicativa de los fenómenos psíquicos a los fisiológicos es un postulado, como sucede con otros positivistas, científicos o filósofos.

Interesa destacar que el positivismo dijo, en términos generales, que la razón o el pensamiento debían ajustarse a los hechos, pero no se hacia frente a lo que era la razón o el pensamiento. Ramon Turró (1854-1926) es un buen ejemplo de esta limitación positivista: sabemos —decía— que el hecho fisiológico precede al hecho psicológico, sabemos también que estos hechos son distintos, pero no sabemos cual es la naturaleza de la relación que los une. Este punto muerto explicativo del que hablaba Turró, creo que ilustra el que, en el camino hacia el naturalismo integral que incluyera los fenómenos psicológicos, habría que dar nuevos pasos.

Estos pasos son los que dieron, a mí entender, los llamados filósofos del lenguaje ya que, más allá de aceptar que el conocimiento debía basarse en hechos, mostraron que la manera de hablar sobre los hechos era el tema crítico y clave. Es por ello que, entiendo también, que el complemento necesario al conocimiento que busca la correspondencia con los hechos, es aquel que analiza como funciona el lenguaje social y el habla individual. Es más: al analizar el lenguaje y el habla, por decirlo así, aquellos filósofos se encontraron con la mente, y con ello se hicieron pasos significativos de cara a desarrollar una concepción naturalista de la psique humana.

Josep Roca i Balasch

Bibliografía

+ Comte, Auguste. (1980 [1830]) Curso de Filosofía positiva. Barcelona: Orbis.
(1982) Discurs sobre l’esperit positiu. Barcelona: Laia.
+ Bernard, Claude. (1959 [1865]) Introducción al estudio de la Medicina Experimental. Buenos Aires: El Ateneo.
+ Turró, Ramon. (2006) Textos Psicológicos. Girona: EAP_ Documenta Universitaria.

2.1 Dios, Hombre y Naturaleza

El naturalismo parte de dos afirmaciones. Una, que lo único que existe es la naturaleza y, dos, que para conocerla se deben ajustar sus conceptos a esa única realidad natural. En este sentido, pretende ser una concepción del mundo que se va a ir construyendo a partir, sobre todo, de la ciencia, ya que la ciencia es la institución cognoscitiva más fiable de la que dispone nuestra cultura. Es decir, es la institución que en la definición actual de sus métodos está el procurar la objetividad en la medida, la demostración de las relaciones funcionales que formula y la teorización con base en ello.

La primera afirmación choca frontalmente con los que afirman que existen otras realidades sobrenaturales o, también, que la especie humana dispone de unas capacidades singulares que no se pueden someter al conocimiento científico. Sobre dios, o los dioses, o los espíritus y demás, no hay mucho que decir, a pesar de que es de los que más se ha hablado durante siglos, en nuestra cultura y en todas las demás. No hay mucho que decir, entre otras cosas, porque el negar su existencia suele comportar alteraciones emocionales, cosa que no va con la construcción de un discurso naturalista. Postular su existencia es, sin embargo, un acto impropio del conocimiento científico y, por confianza, lo es de la doctrina naturalista. Conlleva una creencia, eso es: una afirmación gratuita de que algo existe sin tener evidencia. Es más, existe evidencia de que la formulación de realidades sobrenaturales es variada y ligada a la realidad de cada cultura que las ha formulado y de su evolución, y hay contradicción manifiesta. Es decir, con base en la Antropología se puede mostrar que esos universos sobrenaturales son creaciones humanas y que en su generación han contribuido los temores y los deseos propios de los ciudadanos, en el contexto de una determinada cultura, así como la necesidad de esos mismos ciudadanos de explicarse lo inexplicable cuando hablan sobre ello. El trabajo de Malinowski (1982) me parece un buen ejemplo de este tipo de aportación, en su análisis de la construcción de los mitos. Se podrían citar varios textos en los que este autor desarrolló la idea de que los mitos y las creencias son lenguaje, y lenguaje ligado a la vida y al universo particular de cada pueblo. Unos párrafos pueden servir de muestra:

«Sostengo que existe un tipo especial de relatos, considerados sagrados, que están incorporados al ritual, la moral y la organización social, y que forman parte integrante y activa de la cultura primitiva» (p.33). «La fe, sea en la magia o en la religión, se asocia estrechamente con los más hondos deseos del hombre, con sus temores y esperanzas, con sus pasiones y sentimientos» (p.77).


Cuando a un individuo concreto se le pide que justifique su fe y sus creencias, acostumbra a formular un principio de necesidad personal o de solidaridad emocional con otros creyentes, más que argumentos para justificar esa fe. La fe no se justifica, se asume a pesar de cualquier argumento, porque está ligado a lo emocional más que a lo racional. Por eso decía Tertuliano «Creo porque es absurdo». Eso sigue siendo así.

Los naturalistas piensan que ese universo cultural de la fe, y las religiones y demás organizaciones que la administran —como las lamentables sectas que incitan a prácticas y discursos ya directamente dañinos para los ciudadanos—, es algo que culturalmente se puede y se debe de superar. Pero no organizarán ninguna persecución. Los naturalistas trabajan para que el saber substituya la creencia y más, siendo plenamente conscientes de que en la base del conflicto y de su resolución está lo emocional.

La segunda afirmación, la de ajustar los conceptos a la realidad natural, choca con mucha más gente. Lo digo así porque los que postulan la existencia de un ser humano entre la naturaleza y dios, son muchos y se suman a los creyentes los cuales, por supuesto, postulan que los humanos, y sólo los humanos, tienen algo que les hace superiores al resto de organismos y cosas naturales. El concepto de alma ha sido un concepto tradicional de las religiones para indicar lo exclusivo del hombre como especie. Pero el concepto más relevante, actualmente y para el debate científico, es el de mente.

Es notoria la ambigüedad con que son definidos los conceptos de alma y de mente en nuestra sociedad occidental. Se juega, en todo caso, con la idea que ambos responden de ese “algo más” que hay en el hombre y que no se encuentra en otras especies. Ese "algo más", de hecho, lo que hace es desnaturalizar al hombre y crear un universo de creencia donde no haría falta. Pero es que hay mucho primitivismo en nuestra cultura, aunque no se quiera y cueste reconocer.

Es, en todo caso, un acto discriminatorio gratuito el pensar que sólo los humanos podemos salvarnos y acceder a un paraíso futuro. También el pensar que sólo los humanos tenemos alma o mente es una discriminación negativa para un naturalista, ya que existen evidencias notorias, realizadas por la Biología, la Etología o la Psicología Comparada, en el sentido de mostrar la continuidad funcional entre las especies animales y la especie animal humana.

El tema puede ser largo de debatir pero la idea es clara: dios es un tema natural y hombre también. El naturalismo dice esto y no apela ni a la comunión emocional ni al orgullo de especie para desarrollarse.

Josep Roca i Balasch

Bibliografía

+ Malinowski, Bronisław K. (1982) Estudios de Psicología Primitiva: el complejo de Edipo. Buenos Aires: Paidós.

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1.4 Naturalismo, ¿a qué se opone?

El naturalismo también se puede definir negando lo contrario; es decir, diciendo aquello que no es. En este sentido, quiero poner a la consideración de los participantes en el seminario, el escrito que se encontró sobre el escritorio de J.R. Kantor (1888-1984) cuando murió: «Ningún espíritu, espectro, duende, noúmeno, superstición, trascendentalismo, misticismo, vinculo invisible, creador supremo, ángel, demonio» (Ribes, E., 1984. Obituario: J.R. Kantor. Revista Mexicana de Analisis de la Conducta. 10, 15-36)

De este testamento cabe destacar el significado del concepto de noúmeno por su doble implicación filosófica y psicológica. «Noúmeno: en la filosofía de Kant, por oposición a fenómeno, el objeto del entendimiento, pensado éste como real e incluso como condición de la posibilidad del conocimiento fenoménico, pero que queda fuera de toda experiencia sensible posible» (Traducción de la Enciclopedia Catalana).

La filosofía ha generado, evidentemente, conceptos de este tipo. Muchos de ellos, de índole o alcance psicológico; como es el caso de ese concepto de noúmeno. También otras ciencias han generado conceptos de este tipo y, también, presumiendo que describen o explican realidades psicológicas. La biología, particularmente ha puesto en circulación conceptos que refieren centros y mecanismos cerebrales-mentales de imposible contrastación funcional. Tal es el caso de los llamados centros de memoria o de decisión o de control emocional, y mecanismos como el reloj biológico. El grueso de esos conceptos, sin embargo, proviene de supuestos y creencias ancestrales que llegan de la mano de las religiones, de las creencias culturales y de las tradiciones orales y escritas. Kantor, en el escrito referido, refiere sobretodo esos conceptos. A mi entender, sin embargo, la oposición naturalista a los conceptos espurios se desarrolla actualmente en el terreno de las ciencias que tratan de explicar la naturaleza humana. De ello hablaremos en este seminario.

Frente a ese hecho de la creación de entidades y supuestos, especialmente de índole psicológica, se puede afirmar que los conductistas —como Kantor— han sido los psicólogos naturalistas más destacados. Lo han sido porque, más allá de cualquier otro tema o polémica, fueron los que se definieron más claramente por su intención de crear una teoría psicológica en la que sus conceptos mantuvieran la máxima correspondencia con fenómenos observables y contrastables. Ello me lleva de nuevo a la idea de que el naturalismo, más que definirse en el terreno de los contenidos, se define en el terreo de los métodos. O por decirlo así, asume que existe una única realidad natural pero se centra sobre todo en una exigencia metodológica para conocerla.

Se podría decir, como idea general, que el naturalismo se opone a los conceptos espurios y vacíos, particularmente a los que significan la creación de entidades transcendentes, sobrenaturales o pertenecientes a un supuesto mundo inalcanzable para al conocimiento.

Josep Roca i Balasch

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1.3 Naturalismo y Materialismo.

Del diccionario de Filosofía de Ferrater i Mora (1979), (Diccionario de Filosofía. Madrid: Alianza Editorial. Tomo tercero, p. 2143-2147) quiero destacar sobre todo un aspecto: se iguala naturalismo con materialismo. En este sentido, se afirma que el dualismo cartesiano es punto de partida de los planteamientos naturalistas y materialistas actuales. Lo material, en este sentido, se confunde con lo corpóreo. Esta idea se ilustra a partir, sobre todo, del libro El hombre Máquina, de La Mettrie. En él, se pretende superar el dualismo cartesiano diciendo que en el hombre todo lo que hay es corpóreo y su funcionamiento es mecánico. En un sentido más básico, sin embargo, materialismo también ha querido significar que todo lo que existe tiene como base lo físico-químico o se ha generado a partir de ello. En este sentido, el materialismo se ha presentado con una tendencia explicativa reduccionista, presente tanto en la filosofía como en la ciencia.

De las lecturas posibles sobre estos temas, me parece destacable la crítica de Bunge (1981), en Materialismo y Ciencia (Barcelona: Ariel), a la concepción de la psique que ha promocionado el materialismo. Dice: «la hipótesis central de toda teoría materialista de la mente es que lo mental es función del sistema nervioso» (p.98). Y me parece destacable porque el llamado pensamiento progresista, que se generó a partir del marxismo, ha partido de este postulado y se ha sumado al pensamiento médico-biologista actual, por el cual todos los fenómenos humanos son explicables, en último término, como reacciones físico-químicas ligadas a las características genéticas de cada individuo. Es decir, se han sumado ideologías que favorecen el reduccionismo explicativo que consiste en explicar lo psíquico por lo biológico y lo biológico por lo físico-químico. Creo que esto es relevante porque, aunque un materialismo más refinado admite niveles funcionales en lo natural, ha permanecido una tendencia que ha tendido a reducir explicativamente todos los niveles a uno, o a decir que éste fue el primero y, en consecuencia, que de él surgió todo. Este nivel es el material o físico-químico.

He leído en algún sitio que Auguste Comte decía que el materialismo consistía en explicar lo superior por lo inferior. Este es el tema: materialismo es un concepto que conlleva la idea de que todo es material y que, aunque admita complejidad y multifuncionalidad, todo se reduce a lo material. Naturalismo, en cambio, ni denota ni connota reducción. Por eso creo que es un concepto mejor, como descriptor de una concepción científica y filosófica general. Otra cosa es que se acepte que los diferentes niveles funcionales existentes en la naturaleza, tienen su base material primera en los fenómenos materiales o físico-químicos, cosa que no significa que se expliquen suficientemente por ellos.

Josep Roca i Balasch

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1.2 Naturalismo Filosófico

Naturalismo: «Actitud o doctrina filosófica que no admite nada de exterior o de superior en la naturaleza, y que, consecuentemente, intenta comprender todas las cosas según las leyes naturales, sin acudir a ningún principio trascendente» (Traducción del Diccionari de la llengua catalana)

Creo que esta definición, a parte de la afirmación de la realidad única de la naturaleza, apunta lo que para mí es más destacable del naturalismo: es una ética de conocimiento. Es un compromiso con la verdad y una denuncia de lo impropio que resulta el crear conceptos desconectados de la realidad de las cosas. En este sentido, todos los autores que han procurado que su discurso tenga la máxima correspondencia con la realidad de las cosas, se pueden considerar naturalistas; en filosofía, en ciencia y en general.

Es evidente que los fenómenos psíquicos, y  los mentales en concreto, han generado la mayor producción de conceptos que remiten a principios trascendentes. Desde el establecimiento del concepto de alma como entidad sobrenatural y del de “mente” como realidad espectral, que sólo tienen los individuos de la especie humana, se ha organizado un discurso lleno de supuestos indemostrados e indemostrables, que actúan como ejemplos de lo que no es el naturalismo. La idea que surge con fuerza aquí es que los avances en la definición naturalista de la psique pueden traducirse en  un empuje extraordinario respecto de las posiciones naturalistas en la filosofía y en la cultura, en general, que las acoja.

He mirado en la Wikipedia, las cosas que se dicen del naturalismo filosófico. Uno lo puede consultar y encontrará otras características de este pensamiento. Se habla de la Absolutización de la naturaleza, de la negación de la dualidad naturaleza-espíritu o de la dualidad natural-sobrenatural. También se caracteriza el naturalismo con el llamado “Optimismo antropológico” y con el mostrar una confianza decidida en el progreso de la ciencia. Todos estos aspectos me parecen destacables y son constitutivos de la definición de naturalismo. Es destacable, también, el que se refiera la figura de John Dewey (1859-1952) como psicólogo naturalista que puso un énfasis decidido en el tema de la educación.

Josep Roca i Balasch

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1.1 Filosofía

La Filosofía es la parte del conocimiento humano que se ocupa de los temas generales y comunes, respecto de los conocimientos más concretos que producen instituciones como pueden ser la religión, la ciencia o el arte. Es por ello que se justifican plenamente la Epistemología, como discurso general sobre el conocimiento, y la Filosofía de la Ciencia, como reflexión sobre los conocimientos específicos que ésta genera.

La Ciencia es una institución cognoscitiva determinante del conocimiento humano actual, pero sus planteamientos, ya sean teóricos o aplicados, quedan cortos respecto de la perspectiva de la Filosofía. En este sentido, que se hable de Metafísica no debe extrañar ya que indica que se pueden tratar principios o temas anteriores, o previos o contextuales, al hacer física o ciencia, en el sentido actual.

Además, el centramiento de la Filosofía en los temas generales y comunes justifica que pueda tratar de definir de la manera más abstracta la naturaleza de la realidad y de todas las cosas que la componen. La Ontología, a mi entender, sería esto.

La reflexión cognoscitiva general de la Filosofía comporta que, finalmente, asuma cuestiones relativas a la moral social y a la ética individual. La religión y las ciencias y otras instituciones sociales pueden hablar sobre ello, pero corresponde a la Filosofía el hacer el planteamiento más amplio y comprensivo sobre estos temas. Creo que la llamada Ética pretende asumir este discurso que tiene que ver con el compromiso de comportamiento que asumen los que conocen.

Josep Roca i Balasch

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Seminario sobre Filosofía Naturalista

En el mundo académico actual, un seminario es una institución docente que suena a libertad. Es un encuentro de estudio e investigación en el que el contenido no está tan preformado como en un curso, y admite la posibilidad de que surjan distintos discursos y se contrasten entre ellos. Los participantes, por su parte, no acostumbran a estar seleccionados con criterios tan rígidos como los cursos destinados a obtener títulos; es más, se confía en que su posible espontaneidad, y hasta su ingenuidad, puedan aportar mucho al estudio e investigación del tema sobre el que se quiere tratar.

En Junio de este año 2008, estuve en Atenas. Me sorprendió la cultura de la guía que se adjudicó a mi autocar. Entré en la historia de Grecia como nunca lo había hecho antes. Todo lo que había leído sobre Grecia, de pronto, aparecía como completamente real y próximo. Entre muchas informaciones, comentó: el ágora era un lugar donde los filósofos hablaban y discutían con todos los ciudadanos interesados, sin exigencia de matrículas o de títulos. Lo dijo, más o menos, así. Yo pensé que el seminario de filosofía naturalista que quería impulsar, debería ser como un ágora ateniense. Internet nos brinda, actualmente, la posibilidad de abrir diálogos de participación libre y global. O sea, seminarios que actúen a modo de encuentros de filosofía, abiertos como nunca y que sirvan al interés noble del saber de los ciudadanos.

En el seminario que organizamos aquí, queremos plantear temas filosóficos a partir de inquietudes que han surgido de una praxis y de una reflexión teórica hecha desde la psicología. Al ser temas de filosofía los que queremos tratar, está claro que admiten otras perspectivas, de hecho es lo que también esperamos: que otros científicos y profesionales entren en el diálogo de temas que todos consideramos interesantes.

Josep Roca i Balasch.
29 de Septiembre de 2008

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Seminario: Filosofía Naturalista

El Liceu Psicològic y el grupo de estudio Psicología Naturalista presentan el seminario:

Filosofía Naturalista

Un seminario en el que buscamos la participación abierta del mundo académico y del público en general, para construir y consolidar un discurso que «sirva al interés noble del saber de los ciudadanos». A continuación encontrarás una lista temática que conduce desde las discusiones básicas del naturalismo en filosofía, hasta las implicaciones éticas de tal discurso, pasando por consideraciones indispensables acerca de la concepción del hombre y de la ciencia.

Para participar, sólo necesitas estar interesado en los temas que aquí se tratan y dispuesto a aportar tus opiniones y tus dudas. Cada capítulo y cada sección son reflexiones que el profesor Josep Roca i Balasch ha puesto a disposición nuestra para su discusión. Puedes hacer clic en los títulos habilitados para ver la reflexión correspondiente, los comentarios de los participantes y para dejar tu propio comentario.

El Liceu Psicològic ofrecerá un certificado a aquellos participantes que, como mínimo, contribuyan a la discusión de tres de las reflexiones. Cabe recordar que la aprobación de los comentarios, para su publicación en el blog, está sujeta a los criterios establecidos por el coordinador.

Siéntete, pues, libre de moverte a través de las distintas reflexiones y de contribuir según tu parecer en el seminario virtual Filosofía Naturalista. Esperamos que esto constituya un ejercicio provechoso para ti y para todos los participantes.

Carlos Mario Cortés H.
Coordinador

Temario con enlace a las reflexiones publicadas:

+ Introducción
+ Capítulo 1: El concepto de Filosofía Naturalista

+ Capítulo 2: Naturaleza y Conocimiento
+ Capítulo 3: La filosofía del Lenguaje
+ Capítulo 4: Los métodos científicos
+ Capítulo 5: La aportación de la Psicología Naturalista
+ Capítulo 6: Psicología y Educación
+ Capítulo 7: Ciencia y Arte
+ Capítulo 8: Ética Naturalista