La primera afirmación choca frontalmente con los que afirman que existen otras realidades sobrenaturales o, también, que la especie humana dispone de unas capacidades singulares que no se pueden someter al conocimiento científico. Sobre dios, o los dioses, o los espíritus y demás, no hay mucho que decir, a pesar de que es de los que más se ha hablado durante siglos, en nuestra cultura y en todas las demás. No hay mucho que decir, entre otras cosas, porque el negar su existencia suele comportar alteraciones emocionales, cosa que no va con la construcción de un discurso naturalista. Postular su existencia es, sin embargo, un acto impropio del conocimiento científico y, por confianza, lo es de la doctrina naturalista. Conlleva una creencia, eso es: una afirmación gratuita de que algo existe sin tener evidencia. Es más, existe evidencia de que la formulación de realidades sobrenaturales es variada y ligada a la realidad de cada cultura que las ha formulado y de su evolución, y hay contradicción manifiesta. Es decir, con base en la Antropología se puede mostrar que esos universos sobrenaturales son creaciones humanas y que en su generación han contribuido los temores y los deseos propios de los ciudadanos, en el contexto de una determinada cultura, así como la necesidad de esos mismos ciudadanos de explicarse lo inexplicable cuando hablan sobre ello. El trabajo de Malinowski (1982) me parece un buen ejemplo de este tipo de aportación, en su análisis de la construcción de los mitos. Se podrían citar varios textos en los que este autor desarrolló la idea de que los mitos y las creencias son lenguaje, y lenguaje ligado a la vida y al universo particular de cada pueblo. Unos párrafos pueden servir de muestra:
«Sostengo que existe un tipo especial de relatos, considerados sagrados, que están incorporados al ritual, la moral y la organización social, y que forman parte integrante y activa de la cultura primitiva» (p.33). «La fe, sea en la magia o en la religión, se asocia estrechamente con los más hondos deseos del hombre, con sus temores y esperanzas, con sus pasiones y sentimientos» (p.77).
Cuando a un individuo concreto se le pide que justifique su fe y sus creencias, acostumbra a formular un principio de necesidad personal o de solidaridad emocional con otros creyentes, más que argumentos para justificar esa fe. La fe no se justifica, se asume a pesar de cualquier argumento, porque está ligado a lo emocional más que a lo racional. Por eso decía Tertuliano «Creo porque es absurdo». Eso sigue siendo así.
Los naturalistas piensan que ese universo cultural de la fe, y las religiones y demás organizaciones que la administran —como las lamentables sectas que incitan a prácticas y discursos ya directamente dañinos para los ciudadanos—, es algo que culturalmente se puede y se debe de superar. Pero no organizarán ninguna persecución. Los naturalistas trabajan para que el saber substituya la creencia y más, siendo plenamente conscientes de que en la base del conflicto y de su resolución está lo emocional.
La segunda afirmación, la de ajustar los conceptos a la realidad natural, choca con mucha más gente. Lo digo así porque los que postulan la existencia de un ser humano entre la naturaleza y dios, son muchos y se suman a los creyentes los cuales, por supuesto, postulan que los humanos, y sólo los humanos, tienen algo que les hace superiores al resto de organismos y cosas naturales. El concepto de alma ha sido un concepto tradicional de las religiones para indicar lo exclusivo del hombre como especie. Pero el concepto más relevante, actualmente y para el debate científico, es el de mente.
Es notoria la ambigüedad con que son definidos los conceptos de alma y de mente en nuestra sociedad occidental. Se juega, en todo caso, con la idea que ambos responden de ese “algo más” que hay en el hombre y que no se encuentra en otras especies. Ese "algo más", de hecho, lo que hace es desnaturalizar al hombre y crear un universo de creencia donde no haría falta. Pero es que hay mucho primitivismo en nuestra cultura, aunque no se quiera y cueste reconocer.
Es, en todo caso, un acto discriminatorio gratuito el pensar que sólo los humanos podemos salvarnos y acceder a un paraíso futuro. También el pensar que sólo los humanos tenemos alma o mente es una discriminación negativa para un naturalista, ya que existen evidencias notorias, realizadas por la Biología, la Etología o la Psicología Comparada, en el sentido de mostrar la continuidad funcional entre las especies animales y la especie animal humana.
El tema puede ser largo de debatir pero la idea es clara: dios es un tema natural y hombre también. El naturalismo dice esto y no apela ni a la comunión emocional ni al orgullo de especie para desarrollarse.
Josep Roca i Balasch
Bibliografía
+ Malinowski, Bronisław K. (1982) Estudios de Psicología Primitiva: el complejo de Edipo. Buenos Aires: Paidós.
+ Malinowski, Bronisław K. (1982) Estudios de Psicología Primitiva: el complejo de Edipo. Buenos Aires: Paidós.
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