Temario
Introducción
1. El concepto de Filosofía Naturalista
2. Naturaleza y Conocimiento
3. La filosofía del Lenguaje
4. Los métodos científicos
5. La aportación de la Psicología Naturalista
6. Psicología y Educación
7. Ciencia y Arte
8. Ética Naturalista

3.4 Creencias irracionales y creencias racionales

Es necesario afirmar, de entrada, que la evolución de la ciencia ha hecho que cada vez sea menos probable que la gente tenga creencias sobre los fenómenos físicos y químicos, o sobre los biológicos. Que la tierra es redonda, que somos sólo un planeta más en el universo, que el sol es un astro en una determinada combustión, que los terremotos son resultado de choque de bloques con los que está formada la tierra y tantos otros fenómenos explicados por la física, ya no admiten creencia. Tampoco admite creencia que somos una especie animal que ha evolucionado de una determinada manera, que no fuimos creados de la nada, aunque algunos quieran últimamente restituir esa creencia ancestral. No admite creencia tampoco que determinadas enfermedades nos hacen perder el juicio, que nos alteramos profundamente por el efecto de la ingesta de drogas, sin que se crea que el alterado adquiere un saber sobrenatural o que contacta con el extra mundo. Las llamadas ciencias naturales se han delimitado precisamente por haber eliminado la creencia de su universo de estudio. Quedan muchas cosas por saber pero no se postula el misterio para ese universo de cosas que se explican a nivel físico-químico o a nivel biológico.

Ahora lo que tenemos son muchas creencias sobre los fenómenos psicológicos y sobre ellas se postula todavía el misterio. Hay, por decirlo así, una concentración de creencias sobre lo psíquico. Es decir, dado que no hay un saber científico contrastado sobre lo psíquico se generan todavía pseudoexplicaciones y suposiciones sobre el universo de fenómenos que denota aquel concepto. Es por ello que el naturalismo debe de centrarse, en los tiempos actuales, en los fenómenos psíquicos.

Las creencias irracionales sobre lo psíquico tienen fuentes diversas. La religión y el humanismo, en todo caso, juegan un papel relevante en su mantenimiento.

Hay una primera creencia que induce al mantenimiento del misterio: la creencia en el alma inmortal. No es ocioso decirlo ya que, por ejemplo, la tradición teórica occidental ha venido aceptando este dogma de fe, cuando no se ha declarado directamente creyente en esa verdad y en todas las demás del dogma católico o cristiano. Piénsese, sin más, en el hecho que existen por ejemplo universidades confesionales y lo que ello significa a efectos de dialogo científico y progreso en el conocimiento en los temas humanos. El concepto de alma, además, introduce actualmente la idea de una parte natural y una sobrenatural en la especie humana y ello hace imposible un tratamiento científico creíble a los que plantean que aquella dualidad es incuestionable. Como decíamos anteriormente, muy a menudo, los defensores de esa dualidad afirman que en el hombre, como especie, hay un ‘algo más’ intangible, trascendente, ignoto e inalcanzable al conocimiento. El humanismo —desde su inició que se data a partir de la idea de Séneca de que lo más sagrado para el hombre es el mismo hombre—, siempre ha simpatizado con esa idea de que en el hombre hay algo más que en el resto de los animales, aunque no quede claro en qué consiste este ‘algo más’. Sea como sea, es la idea de superioridad y diferencia que sitúa a la especie humana en un plano, más o menos etéreo, de sobrenaturalidad.

Tampoco es ocioso comentar la enorme relevancia que las sociedades actuales dan a conceptos explicativos de la conducta humana y que surgen no tanto de la religión como de la superstición y de supuestos culturales tradicionales. Piénsese en la astrología, los biorritmos, las energías, los espíritus y tantas otras formas de creencia en las que la causa de la conducta de los individuos se postula en la posición de los astros, o en fuerzas ocultas y misteriosas. Hace poco, comía en un restaurante de Barcelona y una señora inicio un discurso que fue seguido con perplejidad pero sin interrupción por los presentes, sobre la necesidad de disponer y manejar siempre las cosas de tal forma que todas ellas —el cuerpo, las mesas, los platos, los vasos y demás— condujeran siempre la energía del sol hacia el interior de uno mismo, a fin de recibir el máximo acopio de energía para afrontar con fuerza la vida, con todas sus dificultades y penas… Lo digo para mostrar que, en el aquí y el ahora, las creencias irracionales forman parte de la llamada cultura popular y de la vida cotidiana.

Como un estadio pre racional, por otra parte, todavía están presentes los prejuicios sobre la procedencia de determinadas capacidades humanas que nos hacen postular la existencia del talento o la genialidad, como facultades previas y causantes del rendimiento extraordinario de determinados individuos. Lo vemos en ámbitos como el deporte, la música o el arte en general, donde se postula una capacidad que claramente se supone inaccesible al conocimiento o, en el mejor de los casos, se supone que es innata o genética, realizando una reducción explicativa flagrante.

Por si este universo de creencia irracional no fuera suficiente, el conocimiento generado a partir del dualismo cartesiano y de la razón alejada de la realidad de las cosas, ha añadido nuevas creencias, creando una atmósfera conceptual irrespirable para un naturalista que quiera ocuparse de los fenómenos psíquicos. Esas creencias que debemos llamar racionales, ya que surgen del discurso racional y no de la fe ni de la tradición espiritista, han surgido del uso de las metáforas y de los tropos en general. Por eso, a mi entender, ha sido tan relevante para establecimiento del naturalismo filosófico la aportación de los filósofos del lenguaje citados anteriormente.

Turbayne criticaba la adopción del modelo de máquina por parte de Newton y Descartes. Los monigotes automáticos del jardín de Versalles y los relojes fueron el vehículo interpretativo para hacerse una idea de cómo debían funcionar corpóreamente el hombre y los animales. El modelo o vehiculo interpretativo de automatismo, o de máquina precisa que es el reloj, se trasladó a la realidad mental, de lo que es una muestra La Mettrie hablando del hombre máquina, directamente, con una explicativa maquinal de los procesos del cuerpo y de la mente, iniciando el reduccionismo materialista. Pero hay que recordar la teoría del paralelismo psicofísico que consistía en afirmar que el cuerpo y la mente actuaban como dos relojes que eran distintos pero que funcionaban sincronizados, pensando que así se resolvía el tema de la conexión cuerpo-mente.

Los modelos de máquina y el tema de la conexión mente cuerpo no se acabó aquí. Freud utilizó vehículos interpretativos procedentes de la física como son la cámara de presión, la válvula de retención o escape, cambio de estado —de gaseoso a líquido, por ejemplo— y otros conceptos para representar el inconsciente, el mecanismo de censura, o la sublimación.

Sin duda que el modelo más utilizado para interpretar los fenómenos mentales maquinalmente ha sido el ordenador. La idea cognicitivista, según la cual había que poner algo entre el estimulo y la respuesta de los conductistas, generó una serie de especulaciones basadas en los mecanismos de recepción y ejecución de los ordenadores. Se habló, de hecho todavía se habla, de conductos por donde fluyen las informaciones, de centros de procesamiento, de centros de decisión, de centros de memoria y de toda suerte de sitios donde tienen lugar los procesos básicos de aprender, recordar, analizar, atender y concentrarse, decidir, y de todo lo que haga falta. Está claro que los que hablan así, son victimas de la metáfora y del lenguaje basado en el criterio de extensión.

De hecho, la metáfora mecánica del ordenador es relevante porque ha generado actitudes creyentes en el quehacer teórico científico sin que exista una crítica que las anule. Lo que se vende —lo que el común de la gente entiende, diría Maimónides— es ese hablar en términos de cuerpos con facultades internas. Pero el tema es que esto no lo ha generado la religión sino el discurso racional que supone que el hombre, como especie, tiene unas facultades que no tienen los animales y que estas facultades son internas y que están dentro de la cabeza.

Hay otros ejemplos de la adopción del modelo de máquina y de la generación de especulaciones y creencias psicológicas. Uno de los más actuales y también delirantes es el del «cronómetro biológico». Con este vehículo interpretativo se quiere explicar el hecho que los animales y los humanos muestran regularidad en su funcionamiento orgánico y en sus hábitos. Ante el tópico de la regularidad y la precisión se retoma el vehículo del reloj —con la idea de máxima precisión que da el cronómetro— y se especula sobre la existencia de este cronómetro en un sitio. Es más, el convencimiento y la fe en su existencia es tan grande que existe una competición científica que consiste en ver quién es el primero que lo encuentra. No lo invento. He visto un programa de divulgación científica sobre esto. No puedo dar su referencia pero ese convencimiento de los científicos —biólogos y psicólogos, mayormente— se ha traspasado rápidamente al repertorio cientificista popular de tal manera que es prácticamente imposible encontrar a alguien que dude de la existencia del reloj biológico.

Entiendo que está claro que el hecho de que «el caer víctima de las metáfora» del que hablaba Turbayne —el creer que los vehículos interpretativos substituyen los tópicos interpretados y el creer que los vehículos interpretativos existen realmente como tales— es un tipo de discurso creyente y confesional. Discurso definitivamente contrarios a un proceder naturalista.

Josep Roca i Balasch

3 comentarios:

Alejandro Leon-UNAM dijo...

Aunque de manera general coincido con lo expuesto por el Dr. Roca, me inquieta que a partir de lo expuesto, se considere a toda creencia como "negativa" o antinaturalista. Considero que así como existen creencias antinaturalistas, las hay de tipo naturalista. E incluso considero que desde la conceptualización misma de lo que es una creencia, puede adoptarse una postura antinaturalista, o bien una postura naturalista. Por poner sólo un ejemplo, considero que una conceptualización antinaturalista o metafísica de una creencia, sería aquella en la que se le considera como inaccesible al conocimiento objetivo, y además, causal del comportamiento. Mientras que en una conceptualización naturalista se le consideraría, tal vez, como una dimensión del comportamiento, y por ello accesible al conocimiento objetivo.

Carlos Mario Cortés H. dijo...

Creo, como al parecer también lo cree Alejandro, que al hablar de creencias no se debe pensar sólo en aquellas que son “antinaturales” o místicas. Porque ¿qué sería aquello que viene a remplazar una ‘creencia’ de este tipo? ¿Qué tipo de ‘cosa’ pelea por un lugar en el conocimiento, en contra de tales creencias?

Quizás ésta no sea una discusión pertinente para el tema de esta sección, pues basta con observar que el profesor Roca se refiere a las creencias en un sentido familiar al de su flexión gramatical en el adjetivo ‘creyente’, lo que ya le da el tinte místico que se discute en esta entrada. Sin embargo, considero que sí es apropiado tener en cuenta estas preguntas dentro de una teoría psicológica general; ya que esto es precisamente en lo que «el naturalismo debe centrarse en los tiempos actuales…», como afirma el profesor Roca. Espero ofrecer, en otras secciones, buenas razones para no limitar el concepto en cuestión.

Carlos Mario Cortés H. dijo...

El profesor Roca, en la sección 2.1, propone una definición de creencia cercana al sentido que yo le atribuyo: «una afirmación gratuita de que algo existe sin tener evidencia».

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